Tanto ha aguantado LeBron James en la cima que su carrera bien podría dividirse en cuatro tramos merecedores de copar votos para el Salón de la Fama. Pero de todos esos segmentos legendarios, quizás sea el que ha discurrido en Los Angeles el más divisivo de todos. Tanto en lo deportivo como en lo que va más allá de la cancha, que es mucho.
Fue un 1 de julio de 2018 cuando James anunció que dejaba atrás la “humilde” historia de un chico de Akron ganando el único título para el equipo de su ciudad camino a escribir una nueva historia al estilo Hollywood, mudándose de Cleveland a Los Angeles. Desde entonces hasta que anunciase el pasado 30 de junio que no seguiría siendo jugador de los Lakers han pasado 8 años de forma casi exacta. El periodo de tiempo más amplio que James ha pasado en un mismo equipo de manera consecutiva.
Los logros contantes y sonantes en estos ocho cursos son: un campeonato, un MVP de las Finales, un título del Oeste y dos finales de conferencia. Ocho presencias en el All-Star, siete en los mejores quintetos y una temporada finalizada como máximo asistente de la liga.
En lo numérico, 478 partidos, 12.402 puntos, 3.808 asistencias y 3.680 rebotes. Que representan, respectivamente, el 29,5%, el 28,5%, el 31,7% y el 30,4% de sus totales de carrera.
Como añadido nada baladí, los hitos de haberse convertido en el máximo anotador histórico y el jugador con más temporadas y partidos a sus espaldas en la NBA vestido de oro y púrpura. Y es esa imagen, la de cimentarse como el tótem definitivo de la longevidad, la que más se asociará con sus días en LA. El lugar donde desafió al padre tiempo como nadie nunca había hecho.
Hasta aquí, los logros objetivos. De ahora en adelante, los que están sujetos a subjetividades y debates y constituirán la idea final que formemos en nuestra mente del periplo de James en la franquicia más famosa del planeta.
Un hombre-empresa
Los Angeles, como era de esperar, ha sido la ciudad donde LeBron James ha llevado al siguiente nivel su figura como hombre de negocios. No es que haya dejado atrás su parte más caritativa, continuando con su filantropía mayormente a través de la LeBron James Family Foundation que da oportunidades educativas a miles de niños en su natal Akron. Pero hechos como tener su propia marca de tequila, la consolidación de SpringHill Company como productora de cine/contenidos audiovisuales (Space Jam: A New Legacy mediante) o la escalada de Klutch Sports como gran agencia de representación son símbolo del James más regalado a la mercadotecnia.
Como cara de la liga, LeBron ha seguido la misma tendencia que ésta en su posicionamiento referente a las distintas causas sociales que han afectado a la agenda de la NBA en estos últimos años. Posicionándose de forma clara en asuntos que tienen que ver con las cuestiones de raza que tanto azotan a Estados Unidos, pero siendo más equidistante con otras cuestiones que le han salpicado, como fue en su día el conflicto Hong Kong-China que Daryl Morey llevó a la primera plana para costarle cientos de millones de dólares a la liga. Plegándose las más de las veces, directa o indirectamente, al capital viniese éste de donde viniese.
Para ser totalmente justos con él, no es que haya sido nunca un adalid de la protesta social más allá del mencionado tema racial. Lo cual incluso le ha costado alguna colleja de una figura tan gigante como la de Kareem Abdul-Jabbar. No es, en definitiva, un perfil equiparable al de su nuevo compañero Jaylen Brown.
Y no es porque no haya tenido oportunidades para pronunciarse, pues esta también ha sido la etapa en la que James ha abrazado la ultraexposición a la que empuja la era de la información. Esa que tanto daño le hizo en la primera mitad de su carrera, cuando el escrutinio de un internet que vino a devorarlo todo se cebaba con él en cada rincón de esa red social en la que se empezaban a convertir nuestras vidas.
A partir de 2016, LeBron consiguió hacer suyo el discurso mediático, y le ha sacado petróleo a través de su constante presencia en redes (Taco Tueeeeeeeesday!) o la creación de proyectos como The Shop o Mind The Game que le han dibujado como una persona preocupada en lo social y amante de las esencias del baloncesto respectivamente.
Los hilos de Klutch
Estos años no solo han visto consolidarse la figura de James como business man, también de Rich Paul como uno de los agentes con mayor poder en el círculo de la NBA. Hasta 13 jugadores representados por Klutch Sports, contando a LeBron, han vestido la camiseta de los Lakers en estas 8 temporadas:
- LeBron James
- Anthony Davis
- Kentavious Caldwell-Pope
- Dion Waiters
- J.R. Smith
- Talen Horton-Tucker
- Montrezl Harrell
- Ben McLemore
- Lonnie Walker IV
- Troy Brown Jr.
- Jarred Vanderbilt
- Nick Smith Jr.
- Bronny James
El número solo es índice del poder que ha tenido la agencia en las decisiones tomadas por los Lakers en estas temporadas y que, finalmente, viraron con la llegada de Luka Doncic en febrero de 2025, poniendo a Bill Duffy y WME Basketball a la sombra de operaciones como la de Deandre Ayton el verano pasado.
La llegada de Bronny James como número 55 del Draft de 2024 probablemente sea la mayor muestra del poder que ha acumulado Paul (mano “invisible” de James) tanto en los Lakers como en la NBA, chantajeando al resto de 29 equipos para dejar pasar al hijísimo para poder vender el titular del padre y el vástago jugando juntos como otro de los inigualables hitos de LeBron.
Rob Pelinka no tuvo toda la culpa
Y es que, más allá de las amplias redes de Klutch, hay varias decisiones que han partido del propio James que han marcado el destino de los Lakers durante su estancia. Una que lo consagra y la otra que lo desacredita en su cacareado rol como LeGM.
Porque forzar la mano vendiendo todo el futuro por Anthony Davis en 2019 se demostró como la carta ganadora. La que puso fin a una de los tramos de mayor vergüenza deportiva para la franquicia angelina para hacerles tocar la gloria de nuevo 10 años después como si nada hubiese pasado entre 2013 y 2020, años de deuda con Kobe Bryant, sequía de postemporada y una palabra que debería estar prohibida en una organización que cuenta con tantas ventajas competitivas: reconstrucción.
Pero también, esa reunión a tres entre Bron, AD y un Russell Westbrook que iba a corroborar en Los Angeles su descenso a jugador terrenal, devorado por las fallas que siempre estuvieron ahí, pero que quedaban ocultas tras su exuberancia física y baloncesto de producción histórica. Russ fue de ahí en adelante una ruleta rusa que en los Lakers acabó las más de las veces con la bala incrustada en la sien y roces con el público que iban a degradar por siempre su figura. Lo renunciado en las salidas de Kentavious Caldwell-Pope, Montrezl Harrell y Kyle Kuzma (fondo de armario y versatilidad deportiva y financiera) acabó siendo una losa que portar hasta el día de hoy, obligando a Rob Pelinka a una continua huida hacia delante a cada ventana de agencia libre/traspasos.
La penitencia de LeBron fue hacer obvio que los años pasaban incluso para él. Que la construcción de plantilla no le permitió a partir de 2021 esconder las limitaciones defensivas y la dosificación de esfuerzos obligadas por la acumulación de kilómetros. Especialmente cuando llegaba abril, siendo los Lakers el equipo donde LeBron menos victorias ha sumado en playoffs. Y que, a pesar de las quejas y presiones febrero tras febrero, la culpa también cargaba en sus hombros.
La noción de mortalidad en James durante este pasado lustro sirve para templar lo logrado en 2020. Es decir, poner a la segunda franquicia más laureada de la historia en el lugar al que pertenece. Devolverle las ventajas que otorga su estatus, historia, economía adyacente y localización geográfica. Regresarla a un primer plano mediático noche sí y noche también. Hacer posible que el año pasado se vendiese por una valoración superior a los 10.000 millones de dólares. Dando la sensación de que hay demasiados baches en su paso por Beverly Hills y poniendo en duda la pertenencia de su dorsal (23 o 6) en el techo del ahora Crypto.com Arena.
Un what if de presente y futuro
Todo campeón desde 2019 ha sufrido algún revés para que la NBA haya repartido ocho campeonatos a ocho franquicias diferentes en los últimos ocho años. El de los Lakers llegó en forma de la que quizás sea la lesión más trascendente de la carrera de James. La del tobillo que bailó sobre el pie de Solomon Hill un 20 de marzo de 2021 y que puso en jaque las opciones de un equipo que en ese momento era uno de los favoritos a repetir título.
En paralelo aparecieron los achaques físicos de Davis, que iban a dilapidar las posibilidades ante Phoenix en primera ronda a pesar de ponerse 2-1. “Mi tobillo y mi pie no ha vuelto a ser el mismo”, revelaba James este mismo año al respecto de dicha lesión.
Lo que se antoja más imperdonable en la agridulce historia de James con los Lakers es pasar por alto que fue vestido de oro y púrpura donde alcanzó la versión más fiel a sus pulsiones como jugador de baloncesto. En esa 2019-20 en la que se vio despojado de la responsabilidad anotadora que a veces ha portado como castigo y pudo desatar todo su caudal creativo.
En términos generales, ha sido su versión en Los Angeles la que más ha dependido de lo cerebral. A tiempo para poner en valor una de las mentes más brillantes que ha visto este nuestro juego, encerrada siempre en uno de los mayores atletas del mismo, siendo víctima de la dificultad de admirar inteligencia y fuerza en un mismo cuerpo para el que observa.
Este ha sido el camino andado por LeBron James en los Lakers. Probablemente el más lleno de claroscuros de su trayectoria profesional. También uno digno de contar y ser admirado por sus cimas deportivas y valles terrenales.
(Fotografía de portada de Gary A. Vasquez-USA TODAY Sports)





