Entre el esfuerzo y la desigualdad: quién puede llegar a la NBA


Hace cinco años, un profesor de instituto de California desató la polémica en el mundo de la NBA: tras la visita de Stephen Curry al centro donde trabajaba, el docente escribió una carta abierta en la que le pedía que, a pesar de ser un gran fan suyo -y sin querer atacarlo personalmente-, no visitara su escuela.

Frente a la euforia que despertó la visita del recién campeón de la NBA en los alumnos, el profesor señalaba que esa ilusión podría pasarle factura a los estudiantes: ellos no tenían los recursos con los que sí contó Curry para convertirse en una leyenda, y muchos pretenderían seguir su ejemplo, volcados en la idea de que podrían conseguir todo lo que se propusieran, y dejando de lado todo lo demás.

Al margen de la polémica, esta carta planteó una pregunta interesante, que merece la pena recordar ahora dada la importancia de los asuntos sociales en la liga. Estamos acostumbrados a ver el baloncesto en general, y la NBA en concreto, como una vía de escape a la exclusión social; como un último recurso para salir del ghettoEscuchamos historias de jugadores que empezaron con nada y acabaron ganándose una plaza entre los mejores del mundo. Nos interesan, nos ayudan a creer en nosotros mismos, nos inspiran a superar las dificultades a través del esfuerzo.

En nuestro día a día hay un montón de circunstancias que no podemos controlar. Cuando hablamos de trabajo o de educación, lo que conseguimos depende en cierta medida del nivel económico de nuestra familia: la zona en la que nacemos, que se pudieran permitir guarderías, academias de inglés o de refuerzo, que pudieran ayudar con los deberes, que pudieran darnos cierta estabilidad mientras crecíamos… En el deporte, sin embargo, parecería más extraño. En el baloncesto, técnicamente todo el mundo es un igual. Las reglas son iguales para todos, gana el mejor. Además, en una liga como la NBA, con tantísimo nivel y tantos aspirantes, solo aquellos que sean lo suficientemente buenos deberían llegar… ¿no? 

Las ciencias sociales y el deporte

La sociología del deporte tiene respuestas a esta pregunta. Como disciplina, estudia cómo se relaciona el deporte con el resto de fenómenos sociales: ¿Cómo afecta la “raza” a las oportunidades de un jugador/entrenador? ¿Qué diferentes significados tiene el deporte para la comunidad? ¿Cuál es su relación con la política? Pero antes de saltar al estudio que aborda el tema que nos trae aquí, hay que aclarar una cosa: no se trata de menospreciar ni el esfuerzo, ni la ética de trabajo, ni el talento de los jugadores. Son absolutamente necesarias. El punto es que no son suficientes, o no suelen serlo.

Más allá de lo anecdótico (como Pachulia o Tacko Fall causando sensación en las votaciones para el All Star), en la NBA hay algo que no es justo al cien por cien: llegar a ella. Un estudio de 2011 de Joshua Kjerulf y Jimi Adams, sociólogos de la Polish Academy of Science y de la Arizona State University, parte de lo siguiente: cuando se habla de probabilidades de llegar a la NBA para un jugador, se tienen en mente el número de aspirantes y el número de jugadores de la NBA. Estas probabilidades no serían iguales para todos, sino que cambiarían en función del color de piel, la clase social, y el tipo de familia (con los dos progenitores, o con uno de ellos o un abuelo) del aspirante.

Recopilando datos sobre una muestra de 155 jugadores activos en 2002 (de los alrededor de 450 con los que cuenta la liga), el estudio muestra que el 66% de los jugadores negros y el 93% de los blancos provenía de clase media o alta (números que para los niños de EEUU eran del 55% y del 23%, respectivamente). Por otra parte, mientras que el 81% de jugadores blancos venía de familias con los dos padres, en el caso de los afroamericanos el porcentaje era del 43%. Usando una prueba estadística, además, comprueban que estas diferencias no eran una cuestión de azar o suerte, sino que se podían atribuir a la desigualdad racial y toda la discriminación que esta implica. El origen de los jugadores es mucho más variado de lo que asumimos y de lo que estamos acostumbrados a ver.

El estudio tiene ciertas carencias que los propios autores reconocen, como que no han podido encontrar información sobre todas las variables para toda la muestra (por lo que esta es mayor o menor según miremos la clase o el tipo de familia, por ejemplo), o que, al fin y al cabo, solo estudiaron a los jugadores de una temporada. Entonces, ¿de qué nos sirve? Como mínimo, para sospechar mucho. El estudio no es definitivo, como rara vez lo es la ciencia: los temas se siguen investigando, y seguirá apareciendo evidencia que refuerce o contradiga las conclusiones previas. Lo importante es que, frente al mito la NBA como último recurso para aspirantes de clase baja y de familias desestructuradas, la evidencia que tenemos apunta a otro lado. Las cartas que reparte la vida, por muy bien que uno sepa jugarlas, influyen hasta en un mundo en el que el esfuerzo y la ética de trabajo son de lo más valorado.

¿Por qué ocurre esto?

A todo lo que hemos visto hasta ahora, se le puede plantear un contraargumento: a la NBA le interesa atraer a los mejores talentos, independientemente de quiénes sean, ya que a fin de cuentas es un negocio tratando de tener los mayores niveles de competitividad y habilidad para atraer a cuanta más gente mejor. El argumento planteado en sí tiene sentido, pero hay algo que no considera: como comentábamos al comienzo del artículo, no es tanto el talento, como las oportunidades para desarrollarlo. El New York Times hablaba en un artículo de la importancia de la dieta para el desarrollo físico del jugador, y de cómo en los hogares más penalizados esta se ve afectada. También investigaciones previas indican que la participación en deportes disminuye con el nivel de renta, y el mismo estudio que nos ocupa apunta a lo fundamental: para llegar a jugador de élite hacen falta recursos

Pese a los sentimientos confrontados que nos pudiera despertar el debate generado en torno al profesor de Oakland, varios de los argumentos de fondo que usaba apuntaban en la dirección correcta: muchos aspirantes no pueden permitirse tutores personales, ni pueden desarrollarse en un ambiente seguro por el entorno o por una familia que, pese a que lo haga todo lo mejor que pueda, se encuentra en una enorme desventaja para encontrar un empleo o vivienda estables.

El deporte, como las demás partes de nuestra cultura, funciona como parte de nuestra sociedad, y no al margen de ella. Esto no es nada nuevo ni sorprendente en la NBA, en la que ya es habitual el posicionamiento de los jugadores y franquicias en torno a asuntos sociales. El deporte, por una parte, nos da historias, símbolos, nos permite formar grupos entorno al equipo o la liga que seguimos; pero de la misma forma, esto implica que las mismas normas y dificultades que se viven fuera también le afecten: nunca será realmente una burbuja, y de momento no representa totalmente el ideal meritocrático que desearíamos que fuese.


Este texto pertenece a Javier García. Si tienes alguna pregunta con respecto del estudio, o del resto de fuentes, o te interesa el tema y lo que se ha escrito sobre él, no dudes en escribirle en Twitter: @adornodenavidad


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