Los jugadores no son máquinas


“No hay muchos hombres de 2,13 con 75 años”. La frase y el pensamiento es de Larry Bird, uno de los más grandes jugadores de la historia de la NBA que ahora encara su 60 cumpleaños con cierto pesimismo.

Los numerosos y repentinos fallecimientos de ex jugadores de la liga durante el pasado año —Moses Malone, Darryl Dawkins y Anthony Mason, entre otros— cuando ninguno de ellos había cumplido siguiera los 60 años de edad, ha puesto en alerta al mundo del baloncesto norteamericano.

Un programa de reciente creación impulsado por la propia NBA y la Asociación de Jugadores busca, por un lado, conocer de primera mano el estado de salud de antiguos jugadores para así poder prever complicaciones antes de que sucedan y por otro, establecer unos principios de lo que debería ser un gran estudio para determinar si realmente los jugadores de la NBA tienen una esperanza de vida más baja que la población media tal y como se teme.

El propio Bird, en base a lo visto y vivido a lo largo de su carrera en la NBA como jugador, entrenador y directivo, piensa que los jugadores que más empeño ponen en la cancha son los más proclives a sufrir episodios problemáticos para su salud antes de tiempo. “Moses era uno de esos competidores. Ponemos a tope a nuestros corazones mientras jugamos y después lo dejamos y nuestros corazones se quedan parados. No entreno como solía. No puedo. No puedo salir y correr. Camino un poco y tomo una sauna, eso es todo. Mi cuerpo no me permite más”, afirma Bird en un magnífico artículo elaborado por ESPN.

Por eso, cuando vemos casos como el de Bird, el de Bill Walton y sus “estimadas” 37 operaciones quirúrgicas o a hombres como Marc Gasol que posiblemente por jugar lesionado un partido ha podido poner en peligro el resto de la temporada y los Juegos Olímpicos, se entiende más la aproximación que toman otros como Derrick Rose ante las lesiones.

Qué decir de los que piensan que la agotadora temporada regular de la NBA debe ser reducida al menos en un veinte por ciento. Por muchas comodidades que se hayan introducido en la liga durante los últimos 30 años, los jugadores están sometidos a una presión constante de viajes, entrenamientos, poco descanso, partidos y compromisos profesionales que lleva sus cuerpos al límite y no todos lo toleran igual. Tener una temporada de 66 partidos —o de 82 con un calendario ampliado en el tiempo— sería beneficioso para la salud, el rendimiento y el espectáculo.

En definitiva, los jugadores no son máquinas y sus vidas deben continuar muchos años más después de terminar su etapa profesional en las canchas. No podemos exigirles que jueguen lesionados poniendo peligro su integridad física, como tampoco se debe abusar de las infiltraciones o medicinas que les permiten rebajar el nivel de dolor. Es loable que lo quieran hacer y además, algunos justificarán que ganan millones de dólares, pero cualquier vida vale más que todo eso.


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