Ray Allen, el recluta de tiro fino


Una de las mecánicas de tiro mejor perfeccionadas de la historia del baloncesto abandona las canchas. Detrás del éxito de Ray Allen hay una gran historia de trabajo, empeño y aptitudes desarrollada bajo el sueño de querer ser mejor que el día anterior.

Ha estado jugando con la posibilidad de volver, de deleitarnos otra vez con la magia que escapa de sus dedos. Tras intentos por buscar un nuevo sitio y por volver a sentirse útil dentro de una cancha de baloncesto, Ray Allen ha anunciado esta semana que se retira de forma definitiva de la alta competición. Lo ha hecho con una carta tan desgarradora como deliciosa, un repaso a toda una vida, un viaje por el sacrificio y la obsesión por ser el mejor.

Ya conocemos lo que ha conseguido: dos veces campeón, 24.505 puntos en 1.300 partidos, miembro del All-Star una decena de veces, líder histórico —hasta la fecha— de triples anotados (2.973)… Pero el sendero por el que ha tenido que caminar no ha sido corto, él lo hizo largo adrede.

La disciplina que vio fue la que adquirió

El germen de Ray Allen no es convencional. Por lo menos no para los que no están familiarizados con la vida militar. De aquí para allá, con un modus vivendi muy estricto en cuanto a formalidades y actitudes. Él ya nació allí, no metafórica sino literalmente. Llegó al mundo en la base de Castle, cerca de Merced (California). Hijo de Walter, de quien Ray toma uno de sus dos nombres de pila, era un soldador entre los soldados las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Con cambio de base cada tres años, los siete miembros de la familia fueron encumbrando espíritus y actitudes especiales, entre ellos el de un campeón de la NBA.

Como muchos niños, comenzó con un abanico amplio de deportes que luego fue reduciendo. Tras el fútbol y el béisbol, se decantó por el baloncesto cuando su altura comenzó a ser considerable para este deporte. Su familia siguió viajando de base en base al son de su adolescencia, y él comenzó a tomarse la pelota naranja como elemento sustitutivo de algunas carencias sociales.

Ray fue tomando conciencia del camino que él consideraba que era el correcto para llegar a la cima y actuó en consecuencia. Y fue una de esas normas de la vida militar la que le impulsó definitivamente hacia ello. Se cuenta en su biografía que un día fue a acompañar a su padre en una pachanga con otros padres en Sumter (Carolina del Sur) pero el guarda de seguridad no le dejó pasar por no tener la edad requerida, 16 años. Se picó tantísimo que desde ese momento se puso a entrenar aún más y demostró que podía llegar a ser alguien en ese mundillo.

Dios fue Dave Hopla

Cuando se fue a la universidad, la idea de convertirse en un férreo y concienzudo trabajador de gimnasio y práctica para mejorar su habilidad con la pelota ya le rondaba la cabeza. Su siguiente paso era rodearse de las personas adecuadas para progresar. Se acercó mucho a Dave Hopla, un experto en tiro de tres puntos.

Hopla era considerado por muchos como uno de los mejores lanzadores del mundo. Por poner un ejemplo, a lo largo de 2004 lanzó 35.979 triples y anotó 35.332 [98,2% de efectividad]. Con él es con quien perfeccionó la técnica de lanzamiento, depurándola hasta sentar y reforzar las bases que le iban a dar la gloria en los escenarios más grandiosos.

El jugador lo ha explicado en alguna ocasión. El secreto de su tiro exitoso no está tanto en poner el brazo en L o en mantener la muñeca, sino en el tren inferior de su cuerpo: saltar con energía, la rectitud de los pies frente al aro, los apoyos de gemelos, etc. Las virtudes que te da el conocerte tan bien después de haberte machacado tanto tiempo.

El propio Ray Allen lo dice en su carta de despedida, aunque es un mantra que ha repetido unas cuantas veces durante su carrera: “Dios podrá darte muchas cosas en la vida, pero no te va a dar el tiro en suspensión. Sólo el trabajo duro lo hará”. Aquí es donde sus dos grandes mentores, dos conceptos indivisibles en Ray, el trabajo y la técnica, se juntan.

La finura y la técnica que le aportó Hopla contra el amor por el trabajo que le inculcó su entrenador en la UConn, Jim Calhoun. Dos visiones diferentes, dos mundos distintos, dos formas de enfocar el baloncesto, dos elementos que hicieron de Ray Allen uno de los tiradores más fiables de la historia. Cuando esos dos elementos se juntaron, Ray supo que lo tenía todo, que el camino que marcaba su hoja de ruta podía empezar.

Acostumbrado al cambio

En la noche del Draft de 1996 fue escogido por los Timberwolves. Esa misma noche se produjo el canje con los Bucks, donde finalmente jugó, por Stephon Marbury. Dos estilos totalmente dispares.

En lo que finalmente terminó convirtiéndose Marbury es lo que Allen supo sortear de su camino durante toda su carrera. No bebía, no salía de fiesta, no jugaba con los compañeros en las horas muertas entre partido y partido. Paul Pierce comentaba estos días algo sobre ello, que el carácter ermitaño de Sugar Ray le jugaba malas pasadas a la hora de convivir en equipo. Pero él lo tenía claro, esa era “su” manera.

De 1 a 3

Allen pudo desarrollar sus habilidades en Milwaukee, donde se juntó con Glenn Robinson o Sam Cassell para lograr sus primeros éxitos. En 2003 abandonó el equipo para irse a Seattle Supersonics, donde tuvo un rol mucho más importante.

Para quien crea que Ray Allen ha sido “sólo” un tirador, estos años son buena fuente de la que beber. Hacía muchas más cosas. En Seattlle era la estrella, algo que no llegó a digerir bien. Como ha ocurrido con algunos otros coetáneos como Andre Iguodala, la posición de jugador-franquicia no le terminó de convencer al ver que así no lograba el premio máximo.

Con Garnett y Pierce en aquel Big-Three de Boston Celtics se situó en el papel de especialista. Ni líder en cancha ni voz en el vestuario, sólo una parcela en la que se desenvolvía de maravilla. El clásico “A mí me pagan para esto”: especialización en el juego sin balón, donde ya era un maestro; mucho más catch&shoot y menos pick&pop, con su dominio del cuerpo y el espacio como punto de ruptura ante el rival; dejó las penetraciones a otros y bajó considerablemente en intentos sobre dos puntos; decreció también en asistencias, ya no era su cometido. Este cometido de tirador bajo cualquier circunstancia permitió a otros compañeros asumir otros roles, parte del éxito para que tanto en Boston como en Miami sí lograra (bajo el manto de dos grandes conjuntos) llevarse el anillo de campeón a casa.

La antorcha cambia de manos

La dinastía del triplista en la NBA es cosa de jugadores contemporáneos. La de los máximos triplistas en conjunto, me refiero. Reggie Miller, a quien Allen se enfrentó en aquella Conferencia Este de principios de siglo, era el líder hasta que Allen le quitó el cetro. Aún lo tiene, pero hay otro chico que viene pisándole los talones.

De aquella mecánica con rasgos balcánicos que gastaba Miller al free-for-all al que nos está acostumbrando Curry, pasando (cómo no) por la rectitud de Ray Allen.

Miller ya pasó la antorcha a Allen. En caso de que hubiera cambio más pronto que tarde, el mismo Steph Curry denomina al conocido en otro contexto como Jesus Shuttlesworth “el mejor tirador de siempre”. Y es que el trabajo duro (casi) siempre acaba siendo reconocido.


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