Hasta donde Wemby quiera

San Antonio coloca el 3-2 con una actuación soberbia de Wembanyama, bien apoyado por el resto del equipo

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Por Aitor Darias

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Victor Wembanyama sabía que hoy se le iba a mirar con lupa. Tras su codazo a Naz Reid en el Game 4 y con la serie empatada, el francés estaba obligado a recuperarse de su noche de desconexión y responder si no quería que la serie quedase más cuesta arriba de la cuenta para los Spurs. Demostrar que, superado ese arrebato de frustración que la inexperiencia dejó salir de a la luz, sigue siendo la gran figura a batir en esta eliminatoria.

¿El resultado? Difícilmente mejorable.

San Antonio ha colocado el 3-2 después de imponerse por un contundente 126-97 que es seguramente demasiado cruel con unos luchadores Timberwolves pero que sí permite intuir el nivel de dominio que alcanzaron a ratos los de Mitch Johnson. Un dominio que estuvo lejos de depender exclusivamente de Wemby, pero que sí lo tuvo a él como pilar maestro y que, sobre todo, empezó con su voluntad expresa de recordar a los presentes quién manda en esta serie.

Trabajo acumulado

Wembanyama llegó al Game 5 como el que llega a la oficina después de unas vacaciones y que ve se ha quedado trabajo atrasado y que le han desordenado el escritorio. Sus compañeros habían peleado en su ausencia y rozaron de hecho la machada, pero la oportunidad de asestar un golpe casi fulminante a la eliminatoria se les había escapado y había que volver a construir todo lo que se había logrado. Y a eso se dedicó, a volver a poner orden en su mesa.

El primer cuarto de Victor fue una cosa bárbara que sería difícil de creer si no hubiera hecho algo parecido hace apenas cuatro días. Solo que si en el tercer partido dominó desde su defensa, esta vez lo hizo con un repertorio ofensivo que debería estarle vedado a alguien de su tamaño. Aunque, a estas alturas, no pueda ya sorprendernos que siga desafiando las convenciones del baloncesto que todos tenemos en la cabeza.

El francés abrió el choque con 18 puntos y 6 rebotes en el primer parcial, llevando en volandas a unos Spurs para los que todo nacía en sus manos. Como otras noches, empezó probando suerte desde el triple para sacar a Gobert de la pintura, solo que esta vez sus primeros intentos tuvieron éxito y eso le abrió un mundo de posibilidades. Y le elevó la confianza hasta nuevos niveles. Llegó un punto en que era él quien, tras rebote, impulsaba la transición e iniciaba el ataque con la eficacia de un base, tiraba como un alero y finalizaba en la pintura como el hombre de 2,24 que es.

Ese unicornio que se nos prometió estaba tomando forma, y lo estaba haciendo en el partido más importante de su carrera. Y ante eso, no había nada que los Timberwolves pudieran hacer.

De hecho, la primera mitad siguió un patrón casi inamovible por el cual la diferencia jugaba al acordeón, expandiéndose cuando Wembanyama entraba en pista y acortándose cuando descansaba. En los 16 minutos que jugó hasta el descanso, logró firmar 21 puntos, 11 rebotes y un parcial de +21 que lo confirmaban como dominador, autócrata, quizás incluso tirano del encuentro. Un rol que, sin embargo, se diluiría un poco en la segunda parte.

Castle, Johnson, Harper y los demás

Minnesota tenía claro por dónde le estaba entrando agua al barco, y llegado cierto momento hizo lo único que parecía sensato: poner a toda la tripulación a lidiar con el problema que llevaba el 1 en la camiseta y que les estaba haciendo hundirse. ¿Tenían el resto de los Spurs los recursos necesarios para tumbarlos si sacaban a Wemby de la pintura a empujones y enviaban todos los hombres que fueran necesarios para reducir al mínimo su presencia en el juego?

Pues contra todo pronóstico, llegó a parecer que sí. El francés terminó la primera mitad forzando más de la cuenta y errando algunos tiros, y en el inicio del tercer cuarto dio un paso a un lado y dejó que sus compañeros aprovecharan los espacios que se estaban generando en la defensa visitante, pero esto solo dio pie a un festival de errores, tanto en el triple como en la pintura. Y de repente, los Timberwolves, que habían estado 18 abajo en la primera mitad, llegaron a empatar el encuentro.

Pero resultó que San Antonio solo estaba desperezándose, y una vez que sonó la primera alarma la reacción fue inmediata y eficaz. Una que esta vez estuvo impulsada por la agresividad constante de Stephon Clastle, la fortaleza de Keldon Johnson y el trabajo sucio de Dylan Harper. Así como por la que había sido la premisa del equipo durante toda la noche (y durante toda la serie): correr, correr y correr.

Y es que los texanos acabaron haciendo un gran trabajo de desgaste por erosión y mermando a unos Timberwolves que, con la rotación reducida ya a ocho jugadores, no pudieron seguirles el ritmo. La increíble velocidad que proponían los locales incluso tras canasta encajada y su continua lucha en cada acción acabó por desbordar a los de Finch, que volvieron a ver como la distancia crecía sin, esta vez, poder hacer nada para evitarlo. Solo sentar a sus hombres principales y darles descanso para el Game 6.

Un Game 6 en el que, con la temporada en juego, tendrán que encontrar la manera de contener a unos Spurs cada vez más desatados. Unos que brillan en torno a Wembanyama pero que han demostrado que tienen otros recursos para hacer daño. Y eso es lo verdaderamente peligroso para los de Mineápolis.

(Fotografía de portada: Scott Wachter-Imagn Images)

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