Panel Draft 98

Historias del Draft (I): Las lágrimas de Rashard Lewis

En 1998 el salto a profesionales directamente desde el instituto era una acción que aún no se encontraba en el auge que viviría el primer lustro del siglo XXI. En ese año, durante la ceremonia del celebrada en el General Motors Place de Vancouver (Canadá), un joven recién salido del instituto esperaba ansioso a que su nombre sonara entre los mejores jugadores. Ese chaval con cara de niño era .

Lewis era junto a Al Harrington los únicos jugadores en edad de instituto que se preveía alcanzaran la NBA ese año por la vía del Draft. Rashard había crecido en el área metropolitana de Houston tras mudarse con su familia desde Pineville, un pequeño pueblo cercano a Batoun Rouge, en las tierras inundadas por el río Red, el Mississippi y el Ouachita. En la ciudad de la NASA, el joven Rashard y su hermana gemela Kristen crecieron idolatrando a Sam Cassell, Hakeem Olajuwon, Robert Horry, Clyde Drexler o Charles Barkley, en los años dorados del retiro en forma de tregua de Michael Jordan.

Emulando a sus ídolos, Rashard y Kristen jugaban al baloncesto en el Alief Elsik High School, a las afueras de Houston, donde llegó a coincidir con Beyoncé Knowles, un par de años más joven. En su última temporada en el equipo, el alero de 2’08 había destacado con promedios de 28’2 puntos, 12’4 rebotes, 5 tapones y más de 4 robos, siendo elegido como All-American junto a los mejores jugadores de instituto de ese año, que incluían a Al Harrington, Stromile Swift, Quentin Richardson o Tayshaun Prince, entre otros. Todos los ojeadores de numerosas universidades habían intentado reclutarlo, pero lo que más le interesaba a Rashard era la presencia de los ojeadores NBA, que no quitaban el ojo de encima a ese alero con altura de pívot y tiro de escolta.

Así que el chaval decidió dar el salto directamente a la NBA, sin pasar por ninguna Universidad. En los entrenamientos privados disputados las fechas antes del Draft, Lewis había convencido a todos los equipos que le habían convocado. Fue tal el impacto que produjo en los General Managers, que la NBA decidió otorgarle una invitación a la Green Room (Zona VIP) del General Motors Place, la por entonces cancha de los Grizzlies. Llegado a la ceremonia, David Stern reunió a los jugadores invitados a la zona más elitista del aquel día y se hicieron la foto de rigor: Lewis posaba sonriente, impecable traje beige, camisa blanca y corbata de dudoso gusto, junto al resto de invitados: Olowokandi, Bibby, LaFrentz, Pierce, Nowitzki, Traylor, Jason Williams…

La esperanza de Rashard Lewis pasaba por el equipo de su ciudad, Houston , que además de su elección en el puesto 14, poseían otras dos más en los puestos 16 y 18, obtenidas de los Raptors gracias al traspaso del veterano Kevin Willis. Lewis, que esperaba salir elegido en los puestos de Lotería, tenía el convencimiento de que el equipo de su ciudad apostaría por él. Tras la elección de Keon Clark por los Magic, David Stern subía al estrado a anunciar quién sería el primer jugador seleccionado por los Rockets. El nombre que se oyó en la sala fue el de Michael Dickerson, el talentoso escolta de los Wildcats de Arizona. La Green Room cada vez estaba más vacía, pero tras oírse el nombre de Matt Harpring, volvía a ser el turno de los Rockets y, una vez más, sonaba un nombre distinto: Bryce Drew, el combo guard de Valparaiso. A Lewis le quedaba una única opción, el número 18, con el que los Rockets decidirían elegir a Mirsad Turkcan, el pívot turco de origen serbio, por aquel entonces en Efes Pilsen. A partir de ahí, las elecciones pasaban y Rashard seguía allí sentado, junto a su familia y su representante. En un momento de la ceremonía, Rashard se levantó y corrió fuera de la sala.

Llegó a los baños del pabellón y en aquel momento de soledad, aquel jugador de baloncesto con cara de niño rompió a llorar. Sabía que en el gimnasio de su instituto habían colocado una pantalla gigante para ver a su compañero ingresar en la élite del baloncesto mundial por la puerta grande. El único rastro de su amigo eran las constantes imágenes que empleaba la TNT en recordar que, alcanzado ya el final de la Primera Ronda, su nombre aún no había sonado. El momento que el chaval había soñado llegó con la tercera elección de la Segunda Ronda, cuando los Seattle SuperSonics apostaron por él. Al sonar su nombre, todo el público rompió a aplaudir. Se puso en pie y comenzó a abrazar a su madre, sus hermanos, su agente y a todo el que se le acercaba. Con los ojos llenos de lágrimas, se colocó de la mejor manera posible la gorra verde de su nuevo equipo y subió al estrado. A aparecer en escena, los aplausos del público se convirtieron en una ovación casi a la altura de la registrada por Mike Bibby más de una hora antes, mientras no paraba de secarse las lágrimas. Dio la mano al directivo de los Grizzlies encargado de recitar las elecciones en la segunda ronda y se retira, en este caso a la entrevista de rigor con Craig Sager, junto a su madre, en los que afirmaba, entre sollozos y la voz entrecortada, que jugar en la NBA era un sueño, fuera donde fuera.

A los jugadores elegidos por la franquicia pareció caerles una maldición desde aquel día. Michael Dickerson, tras salir traspasado, comenzó una etapa brillante en Vancouver que finalizó drásticamente después de numerosas lesiones de rodilla, jugando 10 partidos en sus dos años con el equipo en Memphis y retirándose en 2003 a los 27 años. Bryce Drew pasó sin pena ni gloria en sus dos años con los Rockets, formando una de las peores parejas de bases que se recuerdan en la NBA junto a Brent Price. Abandonó la NBA en 2004 tras pasar por Bulls y Hornets, retirándose del baloncesto en activo en el Pamesa Valencia, a los 30 años. Turkcan ni siquiera llegó a jugar con los Rockets, siendo traspasados sus derechos a los Sixers y de ahí a los Knicks, con los que jugó 7 partidos antes de ser de nuevo traspasado, esta vez a los Bucks, donde disputó 10 encuentros. Un total de 90 minutos, antes de regresar a Europa y gozar de una carrera lejos de la élite europea.

Rashard Lewis nunca olvida aquel día. 13 años después aún sigue acordándose de cómo su nombre era olvidado, cómo otros jugadores aparecían antes que él en los televisores de medio mundo, cómo el equipo donde siempre soñó jugar pasaba literalmente de él. Lewis firmó un contrato no garantizado por poco más de 250.000 dólares. Hoy día, 13 temporadas después, 2 All-Stars de por medio y unas Finales jugadas, aquel chico que comenzó su andadura en la NBA llorando en un baño cobra más de 20 millones de dólares y ha tenido una carrera más que digna.


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