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Lockout: empieza el partido de verdad

A la pregunta de si la temporada entera está en peligro tras la suspensión de las dos primeras semanas de competición, la respuesta es no. O mejor dicho, no, mientras los propietarios sigan dispuestos a negociar con los jugadores hasta llegado el mes de enero, tal y como hicieran en el anterior lockout de 1999.

Iras a parte y enfados y decepciones dejados de lado, debemos comprender que en los próximos días se sucederán más cancelaciones. De hecho, nada importante va a variar en las próximas semanas, con lo que es más que posible que la Liga tampoco empiece a finales de noviembre ni incluso a principios de diciembre.

Uno puede concluir que ambas partes de la hasta ahora ineficaz negociación llevan demasiado tiempo mirando hacia atrás. La resolución de lo ocurrido hace doce años ha influido, y mucho, en las últimas y maratonianas reuniones hasta llegar a la de esta pasada madrugada. Por mucha ansiedad que hubiera esta última semana, ambas partes jamás han sentido la presión ahogadora que sí existirá este próximo invierno cuando la temporada entera esté realmente en juego. El problema ha sido que tanto jugadores como propietarios saben que el auténtico deadline es en enero y no en octubre. Y en eso, la experiencia de 1999 ha sido clave.

La oferta final no estará sobre la mesa por ninguna de las dos partes durante las próximas semanas. No hasta que al calendario de este año 2011 le queden ya muy pocas hojas por pasar. Ahí es donde todos se darán cuenta de las abominables consecuencias de tirar por la borda una temporada en tiempos de recesión económica, con más de 400 jugadores sin recibir un cheque de la NBA durante todo un año.

En muchos sentidos, es del todo constatable que estas negociaciones se han regido principalmente por las formas, más que por el fondo. No es lo que nadie hubiera deseado, pero era del todo predecible. Los propietarios cerraron la Liga cuando podían hacerlo (el 1 de julio), con pocos contactos con los jugadores durante julio y agosto, seguidos de una incipiente urgencia para llegar a un acuerdo que salvara la totalidad de la regular season cuando ya era tarde. En este punto, la desidia de los jugadores en involucrarse hasta última hora en una situación que a los propietarios ya les viene bien ha resultado decisiva.

Hemos tenido ilusión, quizá demasiada. Pero nunca debimos perder de vista que la temporada entera jamás iba a ser salvada. No cuando la intención de los propietarios es la de revisar un sistema que en los últimos tres ejercicios ha resultado ser una ruina. Las pérdidas en este periodo para las franquicias se cifran en 1.1 billones de $, incluyendo los 450 millones que se estima que 22 de los 30 equipos han perdido solo en la temporada 2010-11. Se trataba de enormes cambios que jamás hubieran podido resolverse rápido.

Los jugadores, por su parte, creen que ya han cedido suficiente permitiendo que su parte del pastel (el famoso BRI, Basketball-Related Income, o los ingresos directos que la NBA genera) descienda del 57 al 53% de un Convenio al otro. La sorpresa ha sido, sin embargo, que ese reparto de las ganancias no ha sido, como muchos creíamos, el punto más caliente de la negociación. Lo ha sido, eso sí, la intención de cambiar el sistema del luxury-tax vigente, por el que las franquicias más ricas pueden permitirse gastarse más dinero que las que no lo son tanto. Este obstáculo, por el momento, ha sido insalvable.   

Las dos últimas reuniones se las han pasado negociando (y fracasando en el intento) por un acuerdo sobre un nuevo sistema impositivo. Los propietarios no ceden en su postura de exigir un mecanismo que permita a las franquicias bien gestionadas ganar beneficios que les permitan competir contra Mavericks, Lakers, Celtics y otras pagadoras de un luxury-tax mayor. Pero los jugadores, a cambio de reducir su porción de los beneficios globales, quieren mantener la mayoría de provisiones que sus contratos bajo el Convenio Colectivo anterior garantizaban.

En el fondo, los jugadores pelean por mantener los derechos sobre sus contratos garantizados, y ese ha sido siempre el punto crucial. Claro que existen otras diferencias, pero el argumento de tratar de equilibrar la salud financiera de las franquicias contra las garantías de “seguridad” (léase, permanencia de lo firmado) en el trabajo de los jugadores se está demostrando ser decisivo.

Así que, ¿qué viene ahora?. Por el momento, los jugadores dejarán de cobrar de la Liga por primera vez desde el lockout de la temporada 1998-99 que suspendió 432 partidos de regular season. A la mayoría de los propietarios les viene bien, pues de momento ya se han asegurado perder menos dinero suspendiendo parte de esta campaña que no jugando bajo el Convenio Colectivo anterior. Evidentemente, propietarios como Jerry Buss (Lakers) o Jim Dolan (Knicks) sufrirán más que ahorrarán perdiéndose sus franquicias partidos; pero como colectivo, no hace falta decir que los propietarios pueden soportar mejor y por más tiempo que los jugadores ésta y más cancelaciones que estén por venir.

Hoy y no ayer, los jugadores ya saben que la amenaza de suspender partidos oficiales es ya real. Hoy y no ayer, cada parte negociadora esperará a ver como las cancelaciones afectan a la postura de su oponente, lo que es una mala noticia en cuanto a la resolución temprana del conflicto. Desafortunadamente, la batalla real ha empezado, y quince días sin baloncesto de liga regular no hará cambiar las prioridades que cada una de las dos partes tiene. Esperemos, por tanto, más partidos suspendidos cara a diciembre.

Y al final, como siempre y digan todos ellos lo que digan (los recientes comentarios vía Twitter de algunos jugadores pidiendo disculpas a los aficionados son pura hipocresía), estamos los fans. El miedo de ambas partes de perder el apoyo de los seguidores de la NBA es enorme. No en vano, tenemos todo el derecho a pensar y maldecir el hecho de que un pequeño grupo de adultos sea del todo incapaz de llegar a un acuerdo principalmente sobre el reparto de los 4 mil millones de dólares que esta industria que nosotros movemos genera. Porque el mayor riesgo es la indiferencia. ¿Qué ocurrirá si un buen puñado de miles de fans se dan cuenta que pueden vivir sin la NBA?. De hecho, en Estados Unidos, muchos estarán ya satisfechos de cubrir “su temporada” con la NFL, el March Madness y el baseball.

El enfado de los seguidores, nuestro enfado, es un signo muy positivo, pues demuestra que nuestra implicación con la NBA es sincera. Pero si los fans se dan cuenta que, durante esta recesión económica, es más fácil “desprenderse” de la NBA que tomar algunas de las duras decisiones que muchas de las familias deben de tomar en lo personal producto de la crisis económica que nos acecha, entonces puede que sea muy difícil traerlos de vuelta a la Liga. Ésta sí es una amenaza real, además de auto-impuesta por la dureza negociadora  de los propietarios y dejadez de los jugadores.

Se han suspendido ya partidos a cambio de otro tipo nuevo de “partido”. Un partido muy peligroso que la NBA empieza a jugar ahora, y del que tanto propietarios como jugadores son los únicos cómplices.


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