La pirámide de Willy Maslow

Se multiplican y triunfan en Amazon. Auténticos bestsellers que causan furor entre la Generación Z. Al abrirlos, da igual la página, te embisten con una caligrafía en mayúscula, mucha ‘negrita’ y con un tamaño de fuente desorbitado.

El principal mérito de estos autores de nueva escuela–parodias de Valdelomar con camisas de lino beige– radica en apilar frases ingeniosas que escribieron otros, y entre las que tienden a incluir hitos como éste:

NO PROMETAS CUANDO ESTÁS FELIZ. NO RESPONDAS CUANDO ESTÁS ENOJADO. NO DECIDAS CUANDO ESTÉS TRISTE

Promesas felices

«Hay que entenderle, pero yo nunca me iría al Barça».

Son palabras textuales de Willy Hernangómez en julio de 2019 dichas en una entrevista concedida a OKDiario a la sazón del fichaje de Nikola Mirotic, ex héroe madridista, por el eterno rival, el Barcelona, convirtiéndose en la estrella mejor pagada del circuito Euroliga.

Por aquel entonces Willy venía de renovar con los Charlotte Hornets. El español, tras su salida anodina de los Knicks, sentía el respaldo de la franquicia y, de manera estrecha, el de su (todavía) propietario, Michael Jordan, quien mantenía su vieja costumbre de bajar al parquet de cuando en cuando y aconsejarle sobre su juego de pies y diversas formas de mejorar en el rebote.

Su año prometía realmente, con la puerta de los minutos abriéndose, por fin, de par en par. O eso parecía. Tenía 24 años, poco a poco se iba adaptando a las rutinas de juego de la NBA y sentía que su momento estaba cerca. El peso en pista, los dobles-dobles, un rol acorde a su instinto para anotar que asomó en Europa y que, sin duda, terminaría por explotar en la liga de los espacios y el pick-and-roll.

Willy estaba feliz por lo que el futuro inmediato le deparaba y lo que, todo quería indicar, eran los primeros y titubeantes pasos de una larga carrera en la mejor liga del mundo. Una realidad similar a la de su hermano Juancho. Con el mundo a tus pies y sin vientos de cambio en lontananza, una entrevista amable era cebo fácil para esas promesas sencillas de las que encienden al lector-barra-fan.

 «Niko tiene sus motivos. Si hubiera sido egoísta se hubiera quedado en Estados Unidos, pero ha pensando también en el bien de su familia. Tiene dos niños, su mujer, se tienen que adaptar a aquello y han tenido que vivir muchos cambios de lugar estando en tres equipos en cuatro-cinco años. Hay que entenderle, pero yo nunca me iría al Barça».

La burbuja (y no la de Orlando)

Las promesas más sencillas no son las del ‘easy check’ (Si encestas esta, te dejo dormir en la litera de arriba), sino aquellas que, al margen de su complejidad, crees que a tí no te van a alcanzar nunca ni ponerte, por lo tanto, en el marrón de tener que elegir (¡Pues si yo estuviese en una isla desierta contigo al borde de la inanición y atrapase un pez, te daría sin duda la mit…!).

La subida del precio del tomate y la crisis del fracking en Canarias no son la comidilla en los salones de la Zarzuela. Ni el drama del fentanilo en Kensington en la sobremesa de los Hernangómez.

Willy, cada día más arriba en la pirámide, había dejado atrás esas preocupaciones mundanas. Esas en las que el factor fisiológico vuelve a estar sobre la mesa, donde el dinero regresa como una variable importante que pone en jaque el sentimiento y donde ‘la traición’ ha pasado de ser un imposible a tener un precio.

Como en In Time –la distopía de clases de Andrew Niccol y Justin Timberlake–, Willy se vio cómodamente abocado a los problemas de los de arriba, donde no hay espacio para esas tontas dicotomías europeas e incluso te permites el lujo de pronunciarte sobre ellas sin ataduras ni -¡ojo!- maldad alguna. Sus problemas diarios, frívolos para los de abajo, eran otros más acordes a la realidad de todo jugador mínimamente mediocre en la NBA.

Hasta ahora.

Su nueva realidad, insospechada hace un año, le ha obligado a hacer un poco de rápel y bajar la mirada. Claro que su particular ‘abajo’ ha consistido en elegir si Madrid o Barça. Si traición o corazón… medio millón arriba, medio millón abajo. Dilemas.

En la zona más alta de la pirámide, donde Maslow habla de Autorrealización y que en la NBA se traduce en ‘dame mi supermáximo o no respiro’, el grado de soberbia asociado al problema suele ser equivalente al valor salarial estimado del jugador—esta regla no aplica a Nikola Jokic–, aunque el talón de Aquiles varía en función de cada uno, pues ego y dinero avanzan de la mano. El baño de humildad, una vez desciendes en la cadena trófica tras haber pisado el cielo, opera de manera paulatina y los choques de realidad noquean de forma dispar.

Tan fácil es subir como jodido el aceptar bajar. El halago, insistía siempre J.M. García, debilita. El halago crematístico, el chaise longue contractual, distorsiona, envenena y mata.

¡Enséñame la pasta!

La suavidad del discurso, las afirmaciones llenas de grises, ganan terreno conforme el baño de realidad empieza a calar. «Soy del Real Madrid, de la cantera del Real Madrid, pero, al final, yo quiero jugar. Yo quiero sentirme importante y luchar por títulos. Veremos dónde es, pero no le cierro puertas a nada», decía en mayo para Betevé Televisió cuando al lobo ya le veía las orejas, la nariz y hasta los botones de los tirantes.

Aprovechar la hemeroteca del mayor de los Hernangómez para arrojársela a la cara y fingir ofensa, acusándole de traidor, solo demuestra fanatismo mental y estupidez profunda. El pívot no es más que uno más en el interior de la burbuja disfrutando del viaje, cometiendo un desliz propio de quien se siente a salvo de encharcarse los pies de barro. Porque el halago social y pecuniario, sí y mucho, debilita.

Cosa distinta –y esto me encantaría de veras– es ver para variar, ya que no cautela social, sí un par de cojones bajo el titular de la franqueza. Y llamar al pan, pan, y al vino, vino.

Ni «quiero jugar» ni «quiero sentirme importante» ni «quiero luchar por títulos». Porque todo eso lo tenía también en el Madrid y en otros diez clubes de Europa, y no sólo en la ciudad condal. Willy quería todo eso y además quería el confort y el dinero. Todo el que pudieran darle y un poco más. Y no pasa nada, al contrario. Es de ley. Pero en un país, el nuestro, podrido en una corrección política que te impide llamar por su nombre a las capas más básicas de la pirámide, la sinceridad excesiva te deja en mal lugar.

Allí, en EE.UU, no —¡La pasta, Jerry, la pasta!—. Allí no existe el oxímoron ni el pudor. Allí conjugan ‘sign-and-trade’ con ‘jugar aquí era un sueño’ en la misma frase y duermen luego a pierna suelta.

Incluso Willy, cuando estaba allí, sabía que no hacía falta fingir lealtad ni amor eterno: «Mi objetivo es jugar y disfrutar de una temporada completa jugando. El sueldo si no te lo da uno, te lo da otro y es secundario. Estoy viviendo cosas únicas, cosas que son de videojuego. Hay que valorarlo todo», decía en aquella misma entrevista donde vetó al Barça en un hipotético que ‘nunca llegaría’.

Y todo bien, Willy. Mi indulto, que están baratos ahora, lo tienes. Porque las casas no se construyen por el tejado ni las pirámides por su ápice. Ni la buena vida se paga besando escudos en la pechera.

(Fotografia de portada de Sean Gardner/Getty Images)


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