Trae Young a fuego lento


El texto ha sido redactado en su mayoría antes de la lesión sufrida por el jugador el 21 de abril.

Cuando los Atlanta Hawks firmaron una de las agencias libres más ambiciosas de pretemporada, la unión entre el núcleo joven ya existente y los perfiles que llegaban parecían desembocar en una única conclusión. Los de Georgia serían un equipo alegre y de ritmo alto impulsados por un jugador franquicia que desprende vitalidad con su juego. Trae Young sería el motor del definitivo salto competitivo de un equipo cuya hornada de talento no terminaba de dar el do de pecho. Rajon Rondo, Danilo Gallinari y Bogdan Bogdanovic, aunque experimentados, no parecían llegar para pisar el freno, sino para redundar en un equipo avocado a la explosión anotadora.

La realidad, pese a un inicio ilusionante, fue diferente. En diciembre el equipo fue el mejor ataque de la liga con 122,3 puntos por cada cien posesiones. Siendo el cuarto conjunto que más rápido jugaba y registrando un prometedor balance de 3-1. Sin embargo, en aquella buena racha ya se encontraba el síntoma que acabaría pesando demasiado para el grupo. Los Hawks marchaban como la quinta peor defensa de la liga en un mes infame por los abultados marcadores que dejaba cada jornada.

Poco importaba la mejora defensiva de enero mientras el apartado ofensivo se desplomaba hasta quedar por debajo de la media de la liga a finales de mes. Las ausencias de Hunter, Bogdanovic o Gallinari y el bajo rendimiento de Rajon Rondo se unieron para sepultar al equipo en una dinámica derrotista que parecía no encontrar fin. Atlanta estaba lejos de hallar un camino y se acercaba peligrosamente a una nueva temporada de la que no sacar nada en claro por la irregularidad mostrada. Hasta que, tras un febrero de solo cuatro victorias y once derrotas, la dirección de la franquicia decidió prescindir de Lloyd Pierce y su apuesta por el juego vívido. Nate McMillan sería su sustituto en calidad de interino. O ese era el plan inicial.

A grandes problemas, sencillas soluciones

Este giro hacia la disciplina y el orden, por tópico que parezca, no deja de haber enderezado el camino de un grupo al que se le empezaba a poner la etiqueta de díscolo. El nuevo técnico aprovechó un equipo que ya ni siquiera jugaba rápido para hacer de las bajas revoluciones su atajo a lograr lo que tanto demandaba: la consistencia. Desde su llegada, Atlanta no destaca especialmente en ninguna de las principales estadísticas. Tan solo ha dotado de un plan a seguir a jugadores con un talento mayor al que venían demostrando. Un logro de mérito añadido por el escaso tiempo que está permitiendo la pandemia en el desarrollo de los equipos fuera de los partidos. Aunque contar con Trae Young en sus filas le haya servido de atajo.

Si bien es coherente pensar que un entorno de vértigo podría catapultar sus facultades para jugar y hacer jugar, no es menos cierto que Trae marcaría diferencias ofensivas en cualquier contexto. No necesita de la transición para ver avenidas entre las defensas rivales que su rango de tiro obligan a ensanchar más si cabe. Basta con dotarle de un interior que le ponga la pantalla y continúe hasta el aro para que comience su juego entre bambalinas. Ese que aprovecha cada choque para borrar a su par de la jugada e impulsarle hacia el aro. Trae detiene el tiempo convirtiendo una zona a menudo restrictiva para un jugador de su fisiología en un espacio de creación que su habilidad pasadora escudriña a placer.

Poco han cambiado los números de la joven estrella desde que McMillan llegase al banquillo. Excepto un bajón en la anotación y la asignación de tiros en favor de otros compañeros, sus estadísticas individuales han variado mínimamente. De hecho, el jugador ha aumentado el porcentaje de posesiones que finaliza con tiro, asistencia o pérdida, habiendo mejorado levemente en este último apartado. Sigue siendo el jugador de la liga que más acude al pick-and-roll como manejador, representando un 55% de sus jugadas. Aunque los 0,97 puntos que produce por posesión no se encuentren en la super élite que representan Damian Lillard y Luka Doncic con un volumen similar.

Trae Young sigue siendo prácticamente el mismo que a finales de febrero cuando la apatía era la nota dominante en Atlanta. Y quizás ahí se halle un pequeño inconveniente.

Puede parecer irrisorio preocuparse por facetas que representan una parcela ínfima del comportamiento en pista de Young. Sobre todo si lo que se encuentra al otro lado de la balanza es el récord de 18-7 que han firmado los Hawks desde la llegada de McMillan. Pero el apunte cobra relevancia si miramos al punto en el que se encuentra actualmente el proyecto. Ahora mismo vive una luna de miel que no conocían desde la gloriosa época de Mike Budenholzer en el banquillo. Los resultados llegan por inercia y se gana a equipos supuestamente menores con cierta solvencia hasta ahora desconocida. Sin embargo, en un grupo cuyo núcleo duro aún no le ha visto las fauces a la postemporada, cabe esperar la llegada de baches.

Una carrera a todo volumen

Las declaraciones de los jugadores reman en la misma dirección, McMillan les insta a compartir más el balón y desarrollar un juego más participativo. Unas directrices que no parecen afectar a su estrella, que sigue gozando de luz verde para amasar el balón cuanto tiempo necesite. Sin el cual la joven estrella aún está desnaturalizada.

Ya en su etapa universitaria, Young sorprendió a toda la nación con unos números que no eran normales en alguien de su talla y edad. Las estadísticas que firmó en Oklahoma están lejos de lo usual. Un fenómeno a menudo al único alcance de físicos tremendamente dominantes en el circuito NCAA. Y todo ello de la mano de un volumen salvaje, de una relación con el balón extraña dentro del cosmos táctico universitario. Desde el principio, con él en pista solo existen dos vías posibles: o anota o asiste.

Por ello, cuando transcurren varias posesiones que le alejan de la toma de decisiones, tiende a desconectarse. Un comportamiento acentuado en eso a lo que se llaman partidos intrascendentes, en los cuales no es raro verle a nueve metros del aro mirando la jugada desde lejos. La verdadera problemática no es que Young desaparezca durante partidos de back-to-back contra algunos de los peores equipos de la competición. El inconveniente está en que, apartado del balón, la apatía acude fácilmente sacándole de cualquier partido. Y esta vez no viene contagiada por su entorno.

Comparaciones odiosas y sin sentido

Pese a las tempranas comparaciones, Trae Young no es Stephen Curry. Su capacidad y rango de tiro tras bote empujan un paralelismo que apenas se sostiene. El de los Warriors goza siendo la pieza diferencial de un engranaje que funciona teniéndole a él en la creación o en la ejecución. Mientras el de los Hawks solo anota una de cada cinco canastas tras recibir un pase compañero.

Además, si la mayoría de pases de Curry inician una secuencia que puede acabar ejecutando cualquier compañero o él mismo, los de Trae tienden a ser pases terminales tras haber generado una ventaja. Es decir, que están destinados a ser potenciales asistencias.

Esto no es algo negativo de por sí, pero se hace muy notable que si el partido no corre por los derroteros que él marca, le cuesta perpetuar el ardor ofensivo que caracteriza a sus grandes noches. Encuentros en los que no le hace falta entrar en combustión porque sacar colmillo es su reacción natural. Pero aún necesita un volumen excesivo de pelota para mantener su fuego interno.

Todo lo expuesto no oculta el avance que ha supuesto también para Young la llegada de McMillan. Jamás ha sido un jugador sospechoso de no confiar en sus compañeros, pero ahora cada vez se le ve involucrándoles en fases más tempranas de la jugada. De nuevo, no es todo lo cerebral que puede llegar a ser, pero la mejora es obvia. La plantilla de Atlanta está llena de jugadores autosuficientes capaces de tomar buenas decisiones saliéndose del guion y que el balón ya tenga dueño no hace más que potenciarles.

La exigencia sobre Trae viene derivada de lo estimulante que resulta ser testigo de los partidos en los que el equipo es totalmente suyo. En los que, cada vez más, se ve involucrado en casi todo tipo de situaciones como alfa y omega habiendo dejado atrás la urgencia numérica que parecía atada a su juego. Young está a un empujón de convertirse en un gestor de juego generacional, más allá del prolífico ejecutor que ya es. Solo le falta serlo a tiempo completo, porque los grandes dominadores de esta liga apenas descansan y el primer gran desafío de su carrera está a quince partidos vista.

(Fotografía de portada de Kevin C. Cox/Getty Images)


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