Un Game 7 allá donde nacieron estos Cleveland Cavaliers

El Game 7 que lleva a los Cavaliers a sus primeras finales de conferencia post-LeBron es una oda al origen del proyecto.

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Por David Sánchez

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Carambolas del destino, el actual proyecto de los Cleveland Cavaliers inició con James Harden. Concretamente, con su petición de traspaso a finales de 2020/inicios de 2021. En el río revuelto que dejaron Houston y Brooklyn, unos Cavs que aún daban palos de ciego tras la segunda marcha de LeBron James, pescaron a un interior que daba señas de sobrada solidez a pesar de su juventud. Jarret Allen sería un primer contrapeso al backcourt que recién nacía entre Collin Sexton y Darius Garland.

El proyecto casi ni arrancaba, y terminaría ese curso 2020-21 con un récord de 22-50 (acortado por la pandemia) que les valió ser el cuarto peor equipo de toda la liga y que les bendijo con un pick #3 que sí lo aceleró todo.

Koby Altman aún no se lo podía creer. Los Rockets, prendados de la plasticidad balística de Jalen Green, habían dejado pasar lo que él veía como un talento posiblemente generacional. El ejecutivo se enamoró de aquel estirado interior de USC que había comportado un sistema defensivo en sí mismo y que en ataque parecía no sentirse incómodo en situación alguna. Y en la eterna terna entre fit o talento, Altman creyó estar escogiendo ambas. No solo pensaba que unir a dos interiores tirando a lo clásico tenía sentido inmerso en la era del pace-and-space. Sino que iba a redoblar su apuesta fichando a otro siete pies como Lauri Markkanen.

Los Cleveland Cavaliers de las tres torres fueron un conjunto contracultural desde el inicio. Basados en el poder interior, especialmente defensivo, que les otorgaba la suma de tamaño y kilos de tres siete pies que podían repartir roles en ataque. Una retaguardia que facilitaba que físicos como Darius Garland y Ricky Rubio no sufriesen en lo defensivo. El conjunto se cayó con la lesión de Jarret Allen y acabó por no rascar ni siquiera playoffs. Pero Altman había demostrado que era posible.

Cuatro años después, ver a dos interiores conviviendo en el mismo quinteto ha dejado de ser tabú. Continúa siendo esta una liga de poder mayormente exterior, pero los códigos se han matizado. Cualquiera pensaría que en este nuevo panorama, los Cavaliers contarían con ventaja por los años de química sumados por su pareja. En la práctica no ha sido tan así.

Artillería de largo alcance

Cierto es que, desde ese traspaso por Markkanen, la mayoría de movimientos de Altman se han centrado en sofisticar la línea exterior. Primero, cazando a quien iba a ser la superestrella del proyecto en Donovan Mitchell y, más tarde, acompañándole de piezas a través de mercado y Draft como Caris LeVert, Max Strus, Dean Wade, Sam Merrill, Ty Jerome, De’Andre Hunter, Lonzo Ball, Dennis Schröder o Keon Ellis. Todo hasta llegar a la apuesta por James Harden en un intento desesperado por romper el techo de cristal que suponían las finales de conferencia hasta el pasado domingo.

La creencia era que el interior no necesitaba demasiado retoque. Que Allen y Mobley se bastaban para dotar al conjunto de esqueleto defensivo y de cubrir la cuota de presencia en los tableros y anotación interior. De nuevo, una idea sobre el papel que en realidad se ha ido saldando con un deterioro evidente de la parte destructiva que más brilló en 2022.

El resultado de este énfasis en el exterior (y otros factores como la salud de Darius Garland o de los propios Mobley y Allen) han provocado que las dos torres de Cleveland acaben no imponiendo las virtudes que se le presuponen como interiores clásicos. En su primera eliminatoria de playoffs juntos, Mitchell Robinson ya marcó el camino devorándoles en los tableros. Un patrón que se ha repetido con cierta frecuencia en postemporada o partidos de cierta enjundia.

Desde que inició el proyecto, los Cavs han disputado 7 series de playoffs y sólo han ganado la batalla del rebote en dos ocasiones: ante Toronto este curso y ante Miami el pasado.

Esto en gran parte se debe a que realmente, los interiores no operan del todo como pareja. Sino que se desempeñan durante largos tramos como pívots únicos sobre los que recae toda responsabilidad interior.

Pareja en solitario

Según datos de Cleaning the Glass, Mobley ha pasado el 65% de sus minutos como pívot esta temporada cuando, presuntamente, parte como cuatro. Desde la 23-24 juega al menos un 44% del tiempo como interior en solitario. Allen es el sexto jugador con el que más minutos ha compartido esta temporada en cancha.

Prácticamente desde su debut en NBA se ha dicho que el mayor potencial de Mobley está como cinco. Sin embargo, en las dos últimas temporadas el equipo es menos eficiente con él como pívot a solas que cuando forma junto a Allen. Sobre todo porque defensivamente se le pide que salga alto en los bloqueos, que permanezca sobre bote y que sea a su vez el corrector en la pintura en partidos en los que el planteamiento es ir a toda pastilla e intercambiar golpes. Demasiado incluso para un unicornio como él.

No significa esto despojar de toda responsabilidad a Mobley, jugador que demasiadas veces pasa de puntillas por los partidos cuando tiene mil formas de impactar en los mismos. Tampoco a Allen, que ha sido superado por interiores menos dotados que él en momentos de la verdad y sacado de finales de partido en según qué tramos. Ahora bien, también va parte de culpa en la línea exterior, que a menudo se olvida de involucrar al 50% de ese Big Four que colma el 93% de la masa salarial del equipo más caro de la liga.

Por eso el séptimo partido ante Detroit es balsámico y frustrante a la par. Balsámico porque una pareja interior así pide, de vez en cuando, centrar todo el plan a su alrededor. Frustrante porque se ha visto poquísimas veces en los últimos 3 años.

Con las revoluciones ya calmadas, Donovan Mitchell y Jarret Allen se sentaban juntos en rueda de prensa. «¡23 puntos!», exclamaba Mitchell. «En 25 minutos», presumía Allen. «Parece que finalmente te he pasado el balón». Risas.

Mitchell carga con la fama de ser un jugador poco dado a involucrar a sus compañeros en el juego. Algo que, en su favor, cabe decir que ha mejorado bastante desde que está en Ohio. El exterior ha repartido diez asistencias tan solo en 14 de los 609 partidos que ha disputado durante su carrera en temporada regular y 11 de ellos han sido en Cleveland. Un estigma que le pesa especialmente en playoffs, donde a menudo se ha echado el equipo a la espalda pecando de asumir demasiado balón.

Su actuación ante Detroit en un encuentro a vida o muerte probablemente sea la actuación más madura de su carrera. En gran parte porque, encontrando una facilidad para llegar a la pintura que no había tenido en el Game 6, decidió no castigar con sus típicas bandejas y floaters cada vez. En su lugar, fue paciente esperando que se abriese la ventana de oportunidad para conectar con Mobley o Allen.

Noches como estas olvidan los vacíos de lo que debería ser la pareja interior más dominante de toda la NBA. Con ambos bailando a placer en la zona rival y patrullando la propia cuando el otro sale fuera. Incluso imponiéndose cuando les tocaba estar en solitario. Noches como estas, recuerdan cuál es la fundación que le dio sentido al proyecto en primera instancia. Aunque después las atenciones siempre hayan tornado al perímetro.

New York será un animal distinto y el actual Karl-Anthony Towns un reto mayúsculo sobre todo ante alineaciones de un solo interior. Mitch Robinson va a ser un dolor y el acierto de los Knicks puede hacer pensar que no les llega. Pero si en algún momento el discurso inicial flaquea, Atkinson sabrá que puede cambiar las reglas y confiar el plan en la pareja dupla del proyecto. Y caer así si debe caer.

(Fotografía de portada de Ken Blaze-Imagn Images)

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