Charlotte y Kemba: ¿juntos o separados?

El anuncio de los All-NBA Teams dio lugar a dos escenarios bien distintos y enfrentados en la ciudad de Charlotte. Uno de un sólo miembro: , el tío más feliz del lugar –“Cuando me enteré de la noticia solo lloré, las lágrimas no dejaban de salir de mis ojos. Yo era un niño pequeño que vivía en el Bronx, esto es un sueño para mí. Todavía no consigo creérmelo”– En el otro, en el organigrama de los , la parte encargada de la planificación y la ejecución. En otras palabras, los que deciden lo que se paga y a quién se le paga.

No albergo dudas de que tanto Michael Jordan como el resto del sanedrín se sintieron orgullosos al ver que su playmaker estrella, su gran apuesta del Draft 2011, a sus tres nominaciones al All-Star Game unía, por fin, su primer All-NBA, en este caso como miembro del 3er Mejor Quinteto. Pero por desgracia, el orgullo no es intercambiable por un incremento del salary cap.

Jordan, con el diluir de sus días de gloria, entró con pie, brazo y ceja izquierda en la antesala del Despacho Oval, corroborando, a la primera oportunidad, que iba a ser mucho mejor jugador que ojeador. Kwame Brown fue su first-first pick como Presidente Operativo de los Wizards. Por supuesto nada ha podido superar (ni igualar) una pifia así hasta la fecha, pero varias de sus apuestas desde entonces, ya al timón de los Hornets, no le andan a la zaga.

En Charlotte suelen draftear regular tirando a mal (Kidd-Gilchrist, Cody Zeller, Malachi Richardson…) y cuando lo hacen bien (o muy bien, incluso) no tardan en arrojar todo ese potencial por la borda, convirtiéndolo en inmediato pick de traspaso (Tobias Harris, Dwight Powell, Shabazz Napier, Shai Gilgeous-Alexander) a cambio de, casi siempre, algo peor.

Kemba Walker fue, y es (y con mucha holgura además), su gran acierto como ejecutivo. Su vaca sagrada y en nada su becerro de oro; porque en el verano que antecede al que será su noveno año en la Liga, His Airness se enfrenta al peor de los interrogantes; uno que, aborde como lo aborde, va a doler. ¿Conviene sacrificar a la vaca; blasfemar al becerro? Una pregunta que, de cualquier modo, dejará cicatriz. La duda es si será de tipo personal o salarial.

31,6 quebraderos de cabeza

Los escenarios son dos, que a su vez se bifurcan según el ángulo o persona (física o jurídica) desde el que lo enfoquemos. Por un lado Kemba; por otro Charlotte. Y en medio, los dos condicionantes de casi siempre: el dinero y los campeonatos.

Subrayar, en primer lugar, que el hecho de que Kemba Walker haya firmado un All-NBA Team, no obliga a los Hornets a ofrecerle el aumento salarial al que ello habilita (y que salta del 30% al 35% del total de presupuesto de la plantilla). No. Añadir a la oferta de renovación una parte o el total de ese 5% extra, es algo facultativo y en ningún caso preceptivo. Es decir, la franquicia puede optar por hacerlo o no. Esto debemos tenerlo claro.

En todo caso, esos 31,6 millones de prima (de los 189,7 a los 221 en cinco años), ya deben revolotear en la cabeza del jugador, quien no solo debe sentirse tentado a exigirlos por el mero hecho de lo que representan en el mercado (cuatro súper mansiones, un par de La Voiture Noire o un jet privado), sino por lo que trascienden en sus entrañas: reconocimiento. Corazón, emblema, líder y franchise galaxy player de la franquicia por antonomasia hasta el final de sus años dorados.

Pero ese reconocimiento tiene un precio, además del literal (de esos 31,6). En este caso lo que suma resta, y esos treinta millones y pico que irían a engordar al bolsillo de Kemba, ya no podrían servir para firmar, atraer, persuadir o garantizar a otros grandes (o medianos) jugadores. Algo de lo que en Carolina del Norte están muy, muy (pero que muy) necesitados.

Kupchak: dilemón

Mitch Kupchak, flamante general manager con la encrucijada de ‘qué hacer con Walker‘ como su primer gran reto al volante, dijo al termino de la temporada que el equipo “hará todo lo posible” por volver a firmar a su jugador estrella. ‘Todo lo posible’: una frase engañosa y de la que se puede extraer más de una lectura.

Lo que a primera vista puede parece un cheque en blanco para el jugador, rápidamente, en cuanto rascamos un poco, se convierte en un “lo que sea mejor para el equipo”. Y aquí el primer escollo: los Hornets, como mercado pequeño que son y con su escaso poder de atracción como consecuencia directa, necesitan volver a firmar a Walker para asegurarse, al menos, una estrella de calibre mundial. Pero desafortunadamente, en una Liga que evoluciona hacia los superequipos, para competir de verdad y con avales, necesitan más. No les basta SOLO con Kemba. Darle esos 31,5 –en un conjunto que, como veremos a continuación, está podrido de jugadores mediocres y contratos nocivos– es una auténtica mutilación.

Kemba no es suficiente (ni por asomo)

Vamos con algunos datos. Walker, con los años, se ha convertido en un auténtico jugadorazo. Kupchak lo ha descrito como “un jugador de los que sólo hay uno por generación”. Yo no sé si iría tan lejos. Pero lo que sí podemos afirmar es que el point guard ha pasado de ser un jugador ineficiente que acumulaba un enorme volumen de tiros, a otro que, además de genio del crossover y maestro del entertaiment, ha logrado consolidarse en esa categoría de shot-creators lo bastante eficaz como para saber que dársela en aclarado y esperar que éste halle la mejor opción/solución, no se va a traducir en una amenaza constante rival de contraataque.

No obstante, el ‘Yo contra el mundo’ no funciona en este deporte a no ser que te llames LeBron. Y esta temporada ni eso. Paradigma de ello es la biografía resumida de Charlotte en la actual década, la cuál dice lo siguiente: que los Hornets draftearon a Walker en 2011, y que desde entonces (nueve campañas van) el equipo solo ha accedido en dos ocasiones a los playoffs. Dos miseras primeras rondas (ambas veces eliminados por los Heat) en nueve años. Un desastre. Este año, un ejemplo más, el mejor Kemba solo ha servido para un noveno puesto en un Este de rebajas tras un flojo balance de 39-43.

Hang the DJ

Walker decía hace pocos días algo que podía pecar de perogrullo crematístico pero que también tuvo mucho de leal. “Charlotte es mi primera opción”. Y no mentía. Quiere ‘los dineros’ (la pela es la pela), pero también –nada le haría más feliz– sueña con ganar al mando de la franquicia que se entregó en confianza ciega desde el día en que se caló su gorra azul y plata de los bien-difuntos Bobcats.

Jugador-franquicia y jugador de una franquicia. Es, en tiempos extraños donde la fidelidad suena a extranjerismo, una belleza de estas en extinción. “Charlotte es mi casa. Es donde he estado durante estos ocho años y todo lo que conozco. Estos ocho años que he pasado allí han sido los mejores de mi vida. No mucha gente tiene la oportunidad de jugar en un único equipo durante su carrera NBA”. El polígrafo, inerte, ni se inmuta.

No obstante, en un deporte donde la vida profesional dura lo que un otoño en los suburbios de Kiribati, la lealtad tiene un terrible enemigo. La competitividad. El deseo de ganar. Y entre medias, bufando incansable en el cogote, el tiempo… que pasa y pasa. Intentar ganar como líder y no como segunda espada, o como tercera, o como McGrady en los Spurs. El momento es ahora. Y Walker debe rumiar si firmar ese contratazo no traerá, como despliegue directo, un interminable sucesión de Días de la Marmota. Al igual que para Charlotte, darle esos 200 y pico será sinónimo de inversión y no de sepultura; de un dejavú de los diez últimos años en infinita espiral. Walker, 29 años desde mayo, de raza veloz, agresiva y bastante undersized (1,85cm)… jugadores de su perfil, tan físico-dependientes, no son los que mejor envejecen.

Chernóbil

Vamos con el segundo baño de realidad. Tras el factor temporal, toca el presencial: el que revela (esto es duro…) que tras Walker, el jugador con más talento de la plantilla puede ser… Jeremy Lamb, mientras que a la par (la cosa empeora), los Hornets tienen comprometidos para el año que viene nada menos que…¡98 millones de dólares! (Si a alguien le tranquiliza y quiere rebajar la luz del pánico, en esos 98 hemos incluido ya el salario del próximo 12º pick del Draft 2019).

Vamos de menos (sangría) a más. Michael Kidd-Gilchrist, 13 millones y FA en 2020. Marvin Williams, 15 millones y FA en 2020. Bismack Biyombo, 17 millones y FA en 2020. Nicolas Batum, 26 millones durante dos años; FA en 2021.

Dos corolarios rápidos. Que la temporada entrante será criminal en caso de renovar a Kemba Walker (la franquicia podría tener que pagar el impuesto de lujo [fijado en 132 millones] por primera vez en su historia), pero que tras un curso en el infierno, soltarían al unísono una cantidad de lastre brutal. Solo quedaría Batum; puro chapapote del que de ningún modo se conseguirán librar.

Decisiones, decisiones

Con todo lo expuesto, la pregunta, de doble dirección, está en la encimera. De prorrogar su acuerdo por esos cinco años (independientemente de la cantidad), Walker terminaría su vinculación con los Hornets a los 34… con su prime, suponemos, lejos ya. Y hasta ahora, con rosters tan llamativos como el muro de un correccional, el jugador más anotador de la historia de la franquicia (12.009 puntos) ridiculiza en lo individual su aportación al colectivo. Magnifico anotador y dudosa madera de ganador… ¿Podría el roster propicio darle el plus que necesita? Y lo más importante, ¿están los Hornets de Jordan y Kupchak en posición de facilitárselo?

Un súper-máximo implicaría una salario anual de 44 millones por temporada (hasta la fecha sólo Curry y Westbrook han hecho uso de él, mientras que otros como Kawhi Leonard y (al 98%) Anthony Davis han optado por renunciar a él por perseguir algo mejor. Más aferrable. Más corpóreo. Menos utópico. Un destino con potencial de anillo.

Kemba Walker y Charlotte Hornets. Unidos y divididos por el bien común. ¿Adiós y gracias?

(Fotografía de portada de Maddie Meyer/Getty Images)


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