La NBA permite pocos adornos durante los partidos. Una muñequera, una banda de compresión en el brazo, una cinta en el pelo… todo ‘material blando’. Los anillos, las pulseras de plata y las cadenas alrededor del cuello –armas blancas en un deporte de alto contacto– están terminantemente prohibidas. Del uso de exoesqueletos que compensen el jugar frente a un tipo que parece que usara uno, la normativa no indica nada de nada, pero deduzco que la discriminación positiva aún no ha llegado a esas cotas, ni siquiera en el deporte ‘social’ por antonomasia.
Victor Wembanyama –de quien a día de hoy me parece más reseñable recordar su edad (22) antes que su estatura– hizo cosas ayer que nos hacen replantearnos algunos conceptos básicos del baloncesto moderno pues, citando la ocurrencia de @CafedeRick: «Esta gente ha disfrutado de 20 años de Tim Duncan y ahora les ha tocado Tim Duncan meets Stephen Curry».
Y es que ayer —en un duelo que ya empiezan a bautizar como el partido del siglo-– a Wemby no le faltó de nada; ni siquiera el triple estratosférico desde el logo.
¿A qué se enfrentan los Thunder?
Las derrotas son parte de la NBA. Hay derrotas que duelen, derrotas que no esperas y derrotas que te obligan a ganar el siguiente encuentro si no quieres que acceder a las Finales de la NBA se convierta en un problemón morrocotudo. La derrota del Game 1 de los Thunder, tras una prórroga y ante su gente, fue las tres cosas al mismo tiempo.
Y el mayor problema no es lo que pasó en esa derrota… sino lo que puede estar por venir.
Tras morder el polvo en una noche importante, el ritual táctico del cuerpo técnico consiste en ver el vídeo del partido, analizar los errores y planear los ‘ajustes’ necesarios para evitar que estos se vuelvan a producir o al menos reducir su radio frecuencia. Pero tras lo presenciado en el Game 1 uno se pregunta si la solución responde a un problema táctico… o directamente biológico.
Porque Oklahoma debió salir de este primer round con esa sensación rara de quien cree haber preparado bien un examen y descubre, a los diez minutos, que está escrito en otro idioma y que todo el francés que conoces lo aprendió viendo a Joey en Friends.

Defender a Wembanyama se está conviertiendo, para el conjunto de Mark Daigenault, en una de esas tareas imposibles que aceptas simplemente porque alguien tiene que hacerlas. Como limpiar un reactor nuclear o intentar cerrar una maleta de vuelta de vacaciones y quepa lo que cupo en la ida ‘más los souvenirs’.
La teoría de unos Thunder descansados tenía bastante sentido como plan ejecutable: cuerpos físicos sobre Wemby, manos rápidas, mucho contacto y ayudas constantes. Dort, Caruso, Wallace, Jalen Williams… tipos fuertes, incómodos de enfrentar, especialistas en convertir partidos NBA en peleas de bar con árbitros de manga ancha.
El problema llega cuando el pívot de los Spurs decide acercarse al aro y recuerda el pequeño detalle de que mide lo que una farola de autopista.
Ahí ya no hay pizarra ni plan de contención que aguante demasiado. Su dominio ayer fue tan bestia que recordó a otro de esos experimentos de laboratorio que «sale mal» y terminan haciéndole una peli de Marvel.
‘El efecto Holmgren’
Y mientras tanto, en la otra esquina del tablero, ocurrió todo lo contrario. Chet Holmgren vuelve a vestirse de un jugador bastante más terrenal, rozando lo vulgar, de lo que solemos recordar. Es algo que ha destacado Joe Mussatto en The Oklahoman: ante San Antonio, Holmgren simplemente se desdibuja, con sus cifras cayendo en picado: apenas 10 puntos de media y un pobre 37% en tiros en sus seis enfrentamientos sumando regular season y este Game 1 en el que tocó suelo.
41 minutos. Ocho puntos. Ninguna canasta de dos. Tres tiros dentro de la botella y los tres fallados. ¿Un mal día en la oficina? No. Porque, de hecho, Holmgren no juega mal exactamente.
Lo que transmite el de Mineápolis es otra cosa; algo que no augura nada bueno si no se produce un cambio radical de chip: Chet, ante los Spurs, duda. Como si cada penetración llevase incorporada una voz de fondo diciendo “ahí viene el monstruo”.
Y es que el monstruo se vuelve más grande y más terrorífico cuando de perseguir a Holmgren se trata. Wembanyama –y desde luego no por este artículo– parece obsesionado con humillar a Holmgren específicamente. A veces incluso fuerza demasiado por querer ganarle el duelo individual y recordar quién es el sheriff de la zona pintada. Y si a un Wemby pletórico en ataque le sumamos la extramotivación en defensa… no hay belerofonte para esta cepa quimera.
Porque quizá eso sea lo más peligroso del galo y lo que lo encumbra como DPOY de la temporada con varios cuerpos de ventaja. Ni los tapones. Ni los puntos. Ni siquiera su rango de impacto en todo el eje cartesiano.
Su mayor don reside en aquello mismo que pretende la ley penal como primer cortafuegos: la capacidad de alterar conductas ajenas. Su poder de disuasión. El binomio que deben paliar los Thunder en esta eliminatoria no es el de causa-consecuencia, sino el de causa-efecto.
Psicología defensiva
Que un contender joven y atlético como OKC termine jugando mirando más al francés que al aro propio dice bastante de cómo ha empezado la serie.
La sensación tras el primer partido es que los vigentes campeones no perdieron únicamente por ajustes tácticos y los imponderables fortuitos del clutch. Perdieron también porque jugaron demasiado condicionados por el miedo que inspira un jugador con menos grietas y mejor RAM a cada día que pasa.
Porque cuando tu ‘5’ titular de 2,16 ve cómo sus box outs se convierten en un rebote ofensivo tras otro en su contra, hasta llegar a los nueve (y 24 totales), el problema es algo más que ocho centímetros de diferencia.
Mañana llega el Game 2, y con ello ese momento maravilloso de playoffs donde tanto en el pre como en el postpartido se hablará mucho de los susodichos “ajustes” (¿veremos más de Hartenstein? ¿romperá Daigenault el emparejamiento Wemby-Holmgren?); aunque en realidad en su mayoría consistan simplemente en rezar para que el extraterrestre falle un poco más.
(Fotografía de portada de Brett Rojo-Imagn Images)





