New Orleans Pelicans… ¿Mejor o peor equipo que en 2017/18?

La intención inicial era la de encarar este mismo artículo pero dedicándoselo a Los Angeles Lakers. No obviamente sobre si serán o no mejor equipo que el curso pasado —LBJ rules—, si no sobre la fíbula de contenders que les ciñen en las casa de apuestas, y ante la que muchos aficionados han montado en cólera.

Pero resulta que tanto –y tan bien– se ha debatido sobre ello en el foro de esta web, que doy la mesa redonda angelina por sobreexplotada y concluida. Y porque además, y en paralelo, el caso de los New Orleans se nos dibuja tanto o más interesante. Un equipo cuya agitación migratoria en las primeras semanas de tierno verano, apenas hemos desgajado aún como se merece.

En New Orleans, de partida, nos encontramos con un jugador descomunal, , y solo por ello (al igual que sucede en L.A. con LeBron James) el asunto gana enteros.

Anticipo desde ya mi propio veredicto a la pregunta que planteo en el titular. Sí, los Pelicans de la 2018/19 –si no hay lesiones de gravedad– serán mejores (e incluso bastante mejores) que los de la 2017/18.

Varios bloques argumentales para defender esta postura. Comenzamos con el más grande, en sentido literal y figurado. La Ceja.

Davis, llegó su hora

Porque la razón más potente, por encima de cualquier ajetreo en las aduanas, es y seguirá siendo (al menos durante dos años, antes de que sea FA) Anthony Davis, quien a sus 25 años no ha alcanzado todavía su techo.

Los Pelicans de la 18/19 deberán ser mejores porque AD23 será mejor. Así de sencillo. El ex de los Wildcats afronta su séptima temporada en la NBA; se aproxima a ese vértice en el que las líneas de físico y experiencia confluyen. Su máximo nivel en la curva de potencial como jugador de baloncesto.

Relevo generacional

LeBron James, decimosexto año en la Liga y cerca de cumplir los 34, se acerca irremisiblemente a su punto de inflexión. No es fácil escribir esto cuando viene de firmar, precisamente, una de sus campañas más completas a nivel individual –cosa seria– y con un despliegue físico que desafía los axiomas más elementales de la biología humana.

Los treinta son los nuevos veinte. El hashtag cool que acuñamos en España para justificar el bochorno de vivir bajo el mismo techo que nuestros padres a una edad perversa a ojos de cualquier cita, LeBron lo interpreta como la excusa perfecta para posponer su declive.

En un espectro de edad en el que otros ya sondean la retirada o ven minorado claramente su rendimiento (Zaza Pachulia, Deron Williams, Jarret Jack, Randy Foye, Charlie Villanueva, Andrea Bargnani, Shannon Brown, Steve Novak, David Lee…) él, rebeldía genética, sigue hecho un animal.

Pero irremediablemente, antes o después, el ’23’ de Akron tendrá que abdicar, dejando el hueco y el cetro al ’23’ de Chicago. Y, por qué no, tras ver como James ha ido cediendo MVP’s –a pesar de ser indiscutiblemente el mejor– a Durant, Curry (x2), Westbrook y Harden, puede que estemos, por fin, ante la temporada en la que Davis, no solo se alce MVP, sino que se convierta, por pleno derecho, en el mejor jugador del planeta.

Gracias a una coordinación, movilidad y velocidad de respuesta insólitos en un 2,11, Davis se erige además en uno de esos casos aislados capaces de proclamarse, al unísono, MVP y ‘Jugador Defensivo del Año’ (solo Michael Jordan y Hakeem Olajuwon lo han hecho antes en una misma temporada).

Con la salud por fin de su lado (75 partidos de RS), hemos asistido a la versión más despampanante del ala-pívot, coincidiendo con la grave lesión de DeMarcus Cousins, y cediendo a aquél el usufructo en solitario de la pintura y sus inmediaciones.

Enero dejaba a Boogie fuera de combate, y en los 34 partidos de fase regular que hubo a continuación vimos, más que nunca, a ese número 1 del Draft de 2012: 30,2 puntos, 11,9 rebotes, 2,2 asistencias, 3,2 tapones y 2 robos; una locura estadística aderezada por su 51,4% en tiros de campo. En lugar de bajar los brazos tras perder a Cousins y sopesar el tanking, los Pelicans se lastraron para hacer más entretenida la serie de dominadas.

¡Despejen la pista! Llega Mirotic

La baja del pívot vino sucedida, a modo de tirita, de un fichaje, que pareció circunstancial pero terminó impactando de manera increíblemente positiva.

, con la muñeca encendida en Chicago, llegó para abrir la pista y afilar un perímetro que languidecía sin tiradores. En los 576 minutos que él y Davis compartieron pista desde entonces, los Pelicans disfrutaron de un +10,8 en su net rating.

El efecto en el bloque fue colosal; su rating ofensivo (112,4) pasaría ser el mejor de la Liga, a la vez que se consolidaban como la tercera defensa del momento (101,7).

Otra opción, más jurásica, es la de tomar el atajo y olvidarnos de la estadística avanzada, simplificando la integral al ‘hombre por hombre’. DeMarcus disputó un total de 48 partidos con NOLA, con un balance de 27 victorias y 21 derrotas. Es decir un saldo favorable del 56,25%. Post-lesión del center, a los Pels aún les quedaba por delante un escarpado final de 34 encuentros, con la pelea por los playoffs al rojo vivo. Los aseguraron con un coraje y solvencia que nadie esperaba; 21-13, o lo que es lo mismo, 61,76% de partidos ganados.

Añadir a Mirotic al quinteto, permitía a Davis acampar bajo los tableros en alineaciones más pequeñas y rápidas que las trazadas hasta entonces, lo cual sintonizaba mucho más con el estilo de juego que a Alvin Gentry le habría gustado implantar desde el principio.

Playoffs, cal y arena

Una alineación que se cebaría, sin redaños, con los Portland Trail Blazers en primera ronda de playoffs. Su defensa sería una sangría sin cauterizar durante los cuatro partidos que duró la serie. Esto fue así porque Terry Stotts no halló el modo de detener a Davis.

No encontró respuesta ante un petate tan completo; ante una mole indiferente a su propio peso. Porque a su condición de ser imparable en ataque, AD23 añade una capacidad impropia a la hora de defender para alguien de su envergadura, siendo capaz salir al perímetro sin intimidarese y neutralizar, como marcador principal, los pick&roll de dos auténticos puñales como Damian Lillard y C.J. McCollum.

Serle fiel a los Pelicans (elegir es renunciar) condena a Davis a jugar en la Conferencia Oeste. Y eso tiene un alto precio. Tan solo paladear la primera ronda de playoffs, implica un sobreesfuerzo inexistente en la otra mitad del país. Tras la primera criba, siguen las zancadillas. Davis, preso en un mercado pequeño y poco atractivo a agentes libres, ha alcanzado únicamente dos veces la postemporada; y en ambas ha caído ante mismo verdugo. Los Warriors. El rival que vencería a cualquiera y que acorta, falazmente, el camino de un jugador que en cualquier otra senda aspiraría a unos playoffs de mayor kilometraje.

Este mismo año, por ejemplo, de haber terminado la RS en quinta u octava plaza en lugar de sextos, y enfrentándose en una hipotética semifinal a los Rockets de Paul, Harden y Capela, el escenario palpitaría, sugerente, con desenlace no tan evidente como muchos podrían pensar.

Small ball y un ‘5’ único

La presumible evolución, así como de impacto directo, de Davis en el juego, se proyecta no solo desde la connatural experiencia fruto de un año más de NBA, sino por el papel que debe ostentar el curso que viene, aún más protagonista que en el anterior. Porque La Ceja, a pesar de blandir estatus de máxima superestrella en NOLA, no ha venido siendo ni el primer ni el segundo jugador de su equipo que más ha contactado con el esférico.

En la campaña 2017/18 aparece como el 28º jugador de la Liga con más toques de balón por partido (71,7), por detrás de compañeros de vestuario como Cousins (89,4) o Jrue Holiday (77,1) y ligeramente por encima del organizador por ley del equipo, Rajon Rondo (69,3). A pesar de haber desarrollado, hasta su tardío estirón, el rol propio de un point guard en sus equipos de high school, Davis triunfó en la NCAA habitando ya cerca del hierro, y ese prisma unidimensional es al que se le ha limitado desde que aterrizara en la NBA.

En el ataque de su equipo ha asumido hasta el momento un pronunciado rol de finalizador, quedando infrautilizadas sus dotes –que las tiene– de creador de juego. No obstante, y a pesar de todo, nos encontramos ante su mejor año como asistente, con 2,3 pases de canasta por partido. Pero su IQ puede dar muchísimo más en este apartado, intuyendo un beneficio exponencial para sus compañeros gracias a la gran atención que Davis despierta en su oponente, miel y señuelo de los double-team.

Sin embargo, con Rondo y Cousins –top facilitadores de la NBA en sus respectivos puestos (8,2 y 5,4 asistencias respectivamente la pasada campaña)– la batería asociativa de Davis quedaba opacada por innecesaria, cebando, por contrapartida, su caldera de finalizador de mil maneras.

Pero Davis, coloquemos el laurel sobre la cabeza del César, es capaz de botar el balón como casi ningún big men en esta Liga, y sin Rondo ni, sobre todo, Cousins (un pívot cuya seguridad desde el triple ha multiplicado sus acciones de fuera a dentro en amago y penetración), queda abierta una vacante, así como la pista, para que Davis amplíe su rango de ejecución. No solo por el efecto inmediato de los que se van, sino también por el perfil de los que llegan, como veremos a continuación.

Dicho esto, tampoco deberá desmelenarse en exceso en sus expediciones AD23 por el perímetro, ya que en la serie ante el conjunto de Oregón quedó más que claro que desde donde mejor apabulla el unicejo a sus rivales es por dentro, algo que se acentúa especialmente cuando Mirotic esta en cancha. Cuando el dúo pisa madera, el 47% de los tiros de David nacen de la zona restringida, mientras que solo lo hacen el 33% con el hispano-montenegrino sentado en el banquillo.

En síntesis: la permuta accidental de Cousins por Mirotic avala la idea de que el talento, en ocasiones, se estorba, o no produce tanto como de haberse complementado con eficiencia friedmaniana. Durante la fase regular, los Pelicans con Davis en cancha eran un 3,8 puntos mejores por cada cien posesiones. Con el tándem Davis/Cousins 4,8 puntos mejores. Pero si el dúo configurado era el de Davis/Mirotic, el salto, como vimos al principio, era lunar: +10,3 por cien posesiones.

Cambio en la dirección: Payton por Rondo

Otro trueque engañoso y jodido. Pero partamos de una premisa de las de perogrullo. El mejor (por ahora) ni se acerca a los talones del mejor Rajon Rondo (el Rondo de playoffs, correcto).

Hecho el asterisco, si bien Payton tampoco cuenta con la maestría defensiva de Rondo en anticipar líneas, la edad juega claramente a su favor. Con ocho años menos que el playmaker que viene a sustituir, Payton está en condiciones de ser un perro de presa noche sí noche también, convirtiendo la defensa exterior de los Pelicans, en cómplice alianza con Jrue Holiday (junto con Davis, en el Mejor Quinteto Defensivo del Año), en una pesadilla aún más intensa que la ya vista hasta ahora.

Si enfrentamos sus fichas de 2017/18, vemos que estamos ante un rendimiento estadístico bastante similar, y si en una faceta destaca ligeramente uno, en la inmediata compensa el otro.

Dos bases (Payton seis centímetros más alto) que podemos calificar de correctos reboteadores, buenos pasadores (uno bueno, el otro excelente) y, como decíamos antes, notables defensores. El dato de los robos no es tan importante como la asfixia con la que llegan a ejercer la marca sobre el rival (Rondo activa este chip especialmente en momentos/partidos clave) generando pérdidas y pases erráticos.

Ambos son, también –y he aquí el punto flaco de los Pels en la Era dorada del triple– mediocres tiradores de larga distancia, Payton un poco menos diestro (eufemismo de más negado) que Rondo.

El primer cambio de aires no le sentó a bien Payton, quien vio como sus números se desplomaban tras su mudanza de Orlando a Phoenix. Y ahora está ante la oportunidad de recordarnos que vale mucho más que una patética segunda ronda.

Incentivos para ello, a mansalva. Un roster definitivamente superior a todos los que le han acompañado en sus primeros cinco años en la Liga; su primera gran oportunidad de disputar unos playoffs: la confianza de saberse el base titular de NOLA; la urgencia de firmar su primer gran acuerdo económico en la Liga (este año jugará a cambio de 2,7 millones de dólares). En resumidas cuentas: solo hay buenas razones para esperar la mejor versión de Payton vista hasta la fecha. Y la guinda, el corte de pelo. Nuevo look para una nueva Era.

Desde Hollywood, un tren de mercancías

También con el aliciente de la cruzada por su primer acuerdo multimillonario (18×2 pero con player option), se une al proyecto ; un power forward que, si Davis abre su juego del modo arriba señalado, puede convertirse en el fit perfecto en la zona.

Juluis Randle se nos presenta como la mayor incógnita y el material más sensible con el que Gentry deberá trabajar este año. Porque de encontrarle su espacio, los Pelicans aspiran a un salto de calidad difícilmente cuantificable.

En una cotejo directo con Cousins –la comparativa es viable ya que estamos ante los casos de un ‘5 ilustrado’ y un ‘4 a la antigua usanza’– lo primero que llama la atención y debe gustar al cuerpo técnico son los datos de pace y usage.

Mientras el pívot absorbía gran parte del juego (32,4% de usage) y ralentizaba el ataque (dos posesiones menos por cada cien con él en cancha) Randle exigía en los Lakers un volumen de juego mucho menor (25% de usage) y sin afectar de forma apreciable al pace de su equipo.

Es decir, con Randle, de inicio, los Pelicans aumentarán en ritmo y velocidad de circulación, pero también en vertiginosidad; porque si bien tanto Julius y DeMarcus están técnicamente capacitados para capturar el rebote e iniciar ellos mismos el contraataque subiendo el balón, la estampida de uno no tiene nada que ver, a día de hoy, con la del otro.

Según datos de Second Spectrum, solo una minúscula élite de jugadores –Kevin Durant, LeBron James, Giannis Antetokounmpo y DeMar DeRozan– supera a Randle en acciones decididas en los siete primeros segundos de posesión. En otras palabras, en jugadas de transición, el nuevo ‘4’ de NOLA es un búfalo imparable.

Con Randle en lugar de Cousins –siempre partiendo de que Davis pase a ser el nuevo ‘5’ de los Pelicans–, el equipo gana, además, en fiabilidad en la circulación.

Cousins, víctima de su predilección por acciones de aclarado y las faltas en ataque, se ha alzado con el deshonor de mayor ratio de pérdidas esta temporada (5 por noche, por encima de habituales como Harden o Westbrook), mientras que Randle viene manejando unas aceptables 2,6 (aunque con diez minutos menos de juego).

El tiro: su gran problema

Sin lanzamiento exterior, y con pocas ganas de fomentarlo (no llega a intentar ni uno por partido en sus primeros cuatro años en la Liga), en New Olreans asumen que fichan de Los Angeles a un portento que, para amortizarlo, deben liberarlo en la pintura y con suficiente espacio.

El año pasado su progreso fue tremendo en acciones de finalización cerca del aro (del 43,7% del curso 2016/17 al 54,5% del 17/18) y no conviene desperdiciar ese flanco. Si bien están en el deber de exigirle una mejora en su mid-range shot, el paulatino éxodo de Davis hacia el exterior de la botella (amparándose en un tiro mucho más fiable) se antoja innegociable para que el nuevo backcourt prospere.

Y más, mucho más…

El análisis podría prolongarse otras mil o dos mil palabras, pero por deferencia al sopor de nuestros lectores lo iremos dejando aquí.

No obstante, aún quedarían varios flecos por peinar.

El puesto de alero, que sigue siendo el más débil del equipo (a pesar del regreso saludable de Salomon Hill, la posible adaptación ofensiva de E’Twaun Moore o la defensiva de Randle, para cuerpear con aleros rivales más fuertes).

El banquillo, escaso y poco profundo, con muchas incógnitas y pocas caras veteranas que auguren, de partida, una rotación sólida capaz de enmascarar bajas esporádicas.

Cheick Diallo, el jugador más interesante de cuantos jóvenes esperan su oportunidad en la banca de NOLA.

Y Jahlil Okafor…. Jah is finally Free… y poco importa que nos lo intenten vender, una y otra vez, como una suerte de Darko Milic o Adam Morrison contemporáneo. Ni pufo, ni China, ni gordo ni demasiado old school.

Hablamos de Jahlil Okafor, digno miembro del Mejor Quinteto de Rookies de 2015/16… y que nunca (y pronto lo veremos) ha dejado de serlo (digno, no rookie).