Hace ahora unos 20 años que mi hermano comenzó a salir con una chica cuya abuela era peculiar. Victoria, se llamaba la señora, era viuda. Muy viuda. Viuda desde que se puede ser viuda y tan viuda como se puede ser. Tenía un ‘pisito’ en Madrid que le quedaba grande a una persona que aún se bastaba para vivir sola y sin asistencia. Un octavo piso enorme y lleno de ausencia hasta el último salpicón de gotelé.
El marido de Victoria, se llamaba la señora, había sido banquero durante más de 40 años. El dinero nunca fue una preocupación a pesar de las cinco bocas que alimentaba el matrimonio además de las propias. Con los años y la pérdida, el trabajo del marido acabó derivando en una jugosa pensión por viudedad. Unos tres jornales de los que se metía al bolsillo un jornalero en la España posterior a 2008.
Y aun así la señora, Victoria se llamaba, no llegaba holgada a fin de mes. Tan acostumbrada a una vida sin reparos que no entendía cómo la cuenta corriente podía bajar tanto. Y en vez de ajustarse a sus nuevos recursos, vivía a cuerpo de reina 15 días y sobrevivía los otros 15. Ya era muy tarde para cambiar costumbres. Las mandarinas de oferta, la ternera de ocasión. En su alcoba, un joyero al que acudía solo en ocasiones especiales, símbolo de un estatus que ya no era y ni siquiera importaba, pero que se resistía a perder.
Jugar con otros estándares
Hubo una época en la que Steve Kerr compraba en Erewhon Grove sin reparar en la etiqueta del precio. Hoy, tiene que ir a tres supermercados diferentes para llenar la nevera y buscar chollos en Vinted para renovar el mobiliario de la casa. El atún en conserva y los muebles low cost de empresa escandinava conviven de forma extraña con una pequeñísima parte del ajuar confeccionado en seda, cachemir, oro y diamantes.
Cuando dentro de unas décadas se recuerde a la que de momento es la última gran dinastía de la NBA, se acudirá a 4 nombres que llevaron el dominio de una competición al absurdo. Pero, viviendo reciente en nuestra memoria, todavía podemos recordar que lo que hacía a aquel conjunto virtualmente invencible era la calidad de los jugadores que quedaban al margen de lo que era un star system dentro de un solo vestuario. Entre 2016 y 2019, Andre Iguodala fue el quinto jugador en importancia dentro del equipo; Shaun Livingston, Zaza Pachulia y David West apenas jugaban 15 minutos por encuentro y Kevon Looney aún nacía al juego. Al mismo proyecto, antes de la llegada de Kevin Durant, pertenecían jugadores como Andrew Bogut, Leandro Barbosa o David Lee.
En resumidas cuentas, un elenco de secundarios con una capacidad creativa y una inteligencia baloncestística absurda para rodear al núcleo de mayor talento acumulado de la historia. Ingredientes con los que Kerr pudo armar con aparente sencillez el sistema ofensivo más complejo de la NBA (teniendo una defensa también temible), que descansaba en los hombros de perfiles capaces de tomar decisiones con una precisión y rapidez inhumanas. Las características de Steph, Klay y KD ampliaban el libreto al infinito, pero los facilitadores de todo aquello, empezando por Draymond Green, también eran los mejores en lo suyo.
Mano de obra válida, pero mano de obra
Engrosar el plantel de los de la Bahía requiere algo diferente a lo que exigen las otras 29 franquicias. Porque al lado de casi cualquier otra estrella, el jugador de rol está encargado de servir el mejor contexto para el centro del sistema. En San Francisco, sin embargo, es la presencia de Steph Curry la que regala el mejor contexto posible de partida a cada atacante y, a partir de ahí, es tarea del resto empeorarlo lo menos posible. Con la excelencia y rapidez mental que ello conlleva.
De ahí que la llegada de Jimmy Butler fuese una bendición el curso pasado. Un jugador que, teniendo un techo técnico más reducido que otros astros, lee cada pequeña ventaja como una ventana de oportunidad para abalanzarse sobre la yugular del rival. Mezclando agresividad e inteligencia a un nivel que no siempre se le reconoce, como tantas cosas en su caso.
Hace tiempo que los Warriors ya no cuentan con ese dominio técnico-táctico en los márgenes. Su gran jugador-sistema sigue ahí, pero generar ya no es sinónimo de producir. O al menos en escalas equiparables. El envejecimiento del plantel, las salidas y las circunstancias del mercado provocan que Golden State quede lejos de vivir en la opulencia. Las lesiones, que encima este año se han cebado con el propio Curry y con el mejor Robin con el que ha contado en los últimos años, no ayudan.
Gui Santos, Brandin Podziemski, DeAnthony Melton, Moses Moody o Gary Payton II son buenos jugadores. Pero el ecosistema que habitan les exige algo (y sobre todo con una continuidad) que ya han demostrado no poder dar. Al Horford y Kristaps Porzingis podrían haber formado parte de los Warriors de los días felices. Pero uno cumplirá 40 años en junio y el otro llega tras prácticamente un año en blanco luchando con una enfermedad misteriosa.
Lo del letón involucra un aspecto doloroso en la etapa de Steve Kerr a los mandos, que ya va para la docena de años y que podría llegar a su fin este mismo verano. El contrato del técnico termina con el fin de la temporada y solo entonces se sentará con Mike Dunleavy Jr. a discutir qué es lo mejor para él y para el equipo.
Jonathan Kuminga ha sido un tema (demasiado) recurrente en los debates arremolinados a ese lado del Golden Gate. Kerr nunca terminó de confiar en él por su anarquía ofensiva en una estructura donde solo el talento sumo puede evadir la disciplina como principio inquebrantable. Que la primavera pasada llegase al equipo un jugador del pedigrí de Butler y mostrase una obediencia tan inmediata a unos principios que no tenía por qué sentir como propios, fue el penúltimo clavo en el ataúd. El último fue una negociación que se estiró más de la cuenta para una renovación que ya parecía papel mojado y que pronto la temporada iba a revelar como tal.
Ver a Kuminga lucir con libertad en unos Atlanta Hawks que han firmado la novena temporada con más asistencias totales de la historia de la NBA es gasolina para aquellos que se han mostrado críticos con las rotaciones de Kerr. Especialmente con su gestión del talento joven tras el año del último anillo.
Durante todos estos años, claro, Kerr también encuentra máculas en su expediente. Ha tenido que lidiar con un vestuario en algunos momentos incendiario. Ha habido apuestas infructuosas y demasiada mano izquierda en algunos asuntos. Su libreto se ha renovado unas cuantas veces dejándose caer en las manos de sus asistentes, la última de ellas esta temporada…
Lo que sí ha mostrado Kerr en este tiempo es una honestidad brutal en lo que es su idea del proyecto. Mantener las bases del sistema a cualquier precio para que, estando sano, Curry les lleve hasta donde puedan.
“Por una noche fuimos nosotros. Fuimos campeones de nuevo. Sé que puede sonar loco, es un partido de play-in. Me da igual”
“Esto es por lo que ha vuelto Steph [de lesión]. Todo el que pensaba que iba a irse lo que resta de año… [golpea la mesa] Esto es lo que él hace. Esto es quien es. Si puede competir va a competir”
– Steve Kerr tras la victoria en el primer partido del play-in vs Clippers.
Llegados a este punto, una exhibición de Curry no supone borrar del mapa al rival, sino ganar (quizás) un partido en el alambre. Desde el cinismo y el pragmatismo nos hemos hartado de catalogar cada caída de los Warriors como signo de decadencia. Kerr, Steph, Draymond y compañía prefieren abrir el joyero y prepararse para seguir celebrando su legado en vida hasta el último día.
(Fotografía de portada de Jayne Kamin-Oncea-Imagn Images)





