Dennis Rodman: las alpargatas de Dios


“Yo me puedo tirar dos horas jugando al ping-pong antes de un partido tan importante; no necesito estar todo el día mentalizado, porque al final se te pone la cabeza así”, y separaba en un gesto sus manos Gerard Piqué, como sujetando un enorme melón invisible.

Así, directo y sencillo, en su perfil de casi siempre, el zaguero del Barcelona y de la selección española nos introducía en la antesala del ya histórico encuentro entre España y Alemania de Sudáfrica 2010; nuestra primera y única semifinal mundialista hasta el día de hoy.

En aquella habitación no había puros ni ceniceros. Ni tampoco cuatro centímetros de coñac vertidos en vaso ancho sobre una mesilla junto a la penumbra. No era el estilo de Michael Robinson, aún en su campechanía, ni tampoco el de cualquier deportista de masas del siglo XXI —exímase Floyd Mayweather y otras tres salvedades—.

Neo, el inagotable beagle de año y medio de edad de mi hermana y a quien puedes engañar veinte veces lanzándole un palo ficticio y seguiría picando a la veintiuna, pronosticaría (y con acierto) el contenido de casi cualquier declaración o canutazo post-partido del jugador ‘enmarronado’ de turno al que le toca cumplir frente a la pared publicitaria de cartón piedra. Autocensura preventiva, consecuencia directa de clubs y franquicias escarmentados de más, en este siglo XXI tan efectista.

El esclavo del micro (ahora envuelto en papel de film, no vaya a ser qué…) pregunta porque es su trabajo y tiene que preguntar; pero él mismo podría telegrafiar la respuesta si se lo pidieran, pues esta (cambiando una coma aquí y un determinante allá) es casi siempre la misma. Protocolaria y cansina.

‘Derecho’ público

Futbolistas, baloncestistas, tenistas, profesionales del hockey, el cricket o el voleibol… todos con el guion bien aprendido y el discurso blanqueado hasta la arcada, a modo de jubón propio ante una prensa deportiva a la caza del sensacionalismo, y un hincha cuya línea entre la devoción y la crítica más furibunda es tan imprevisible y fina como el hilo de encaje.

En 2010, el mayor pecado de los jugadores en las horas previas a un partido crucial podía limitarse, como hemos visto, a los cánones de una pachanga al ping-pong en calcetines y chancletas en el lounge de su hotel.

Sólo una década antes, en 1998, cuando la presión mediática apretaba pero sin ahogar, éste podía consistir en un viaje de 48 horas 120 horas a Las Vegas con Carmen Electra y el inefable pastel al que Michael Jordan se enfrentó con sus ojos al irrumpir en la habitación de Rodman, y cuyos rijosos detalles seguimos sin conocer pero que en mi cabeza danzan al son de aquella escena de El Señor de la Guerra, en la que Jared Leto dibuja con tiza ‘de primera’, sobre la mesa de un antro de la Colombia profunda, un perfecto mapa de Ucrania, mientras sus dos invitadas admiraban la obra desde un colchón de muelles castigados.

“We had to go get his ass out of bed,” Jordan said. “I’m not gonna say what’s in his bed, or where he was… (The Last Dance)

Dennis Rodman, por supuesto, era el extremo dentro del extremo. El que se pone de espaldas al campo, agita la bandera y dirige el coro entre los radicales. Y a su vez, y ahí descansa su éxito, supo ser el tuerto en un país multicolor para ciegos. El extravagante semicuerdo entre una jauría de locos convencionales. Un Robert de Niro en Despertares pero más venerado, estigmatizado y mucho más incomprendido, capaz de sudar en el gimnasio todo el alcohol y demás alcaloides, familiares y bienvenidos apenas un puñado de horas antes.

El, para muchos, mejor defensor de la historia, nos ha servido recientemente –o a mí me ha servido al menos– para desendiosar a Jordan, normalizar la NBA y rebajar un poco los tintes de cruzada con los que entre todos hemos ido engalanando a aquellos Bulls de finales de los 90.

Personalmente, me importa un cuerno que Enes Kanter se zumbe siete o setenta hamburguesas de una tacada, que Sweet Lou se atiborre de marisco alitas en un lupanar o que contraten a J.R. Smith como DJ oficial en la enésima boda de Billy Bob Thornton. Todo estará bien mientras uno cumpla en la pintura, otro mantenga su arquetipo de sexto hombre y el que resta nos haga disfrutar de sus arrebatos de anarquía en la canasta correcta.

Al Gusano no le pagaban 9 millones en la 96/97 por cenar pechuga de pollo y brócoli, ni por promocionar ACNUR ni por santificar las fiestas en día de precepto. Se los daban –y bien felices que lo hacían– por asegurar quince rebotes por partido y dejarse literalmente la piel en cualquier defensa o balón dividido.

Tendencias suicidas

Si en esta pelea a machete por captar la atención del fan terminamos por perpetuar la actual corriente maruja y morbosa de fiscalizar la vida de los jugadores más allá de su rendimiento en pista, acabaremos definitivamente por arrancar de este deporte el lado gamberro y callejero que siempre tuvo y que nos dejará a todos, prensa, jugador y aficionado, en el bando de los perdedores.

La NBA necesita de sus Michael Jordan, Kobe Bryant, Ray Allen, LeBron James, John Stockton o Tim Duncan. Leyendas que inspiren. Pero también de sus Delonte West, Stephen Jackson, Nick Young, Michael Beasley, Andray Blatche o Gilbert Arenas. Villanos que enamoran.

No todos encajan como mamushkas en el código hegemónico del NBA fit player, ni todas las mentes pueden mantenerse firmes y sanas en el largo plazo dentro de una liga tan exigente y machacona a nivel corporal y psicológico, sin ciertas licencias nutricional y/o políticamente incorrectas. Hobbies adultos y ladinos tan prontamente indagados y publicados al menor viso por mercenarios al acecho, súbitos del más desaforado clickbait, y fans, insisto, tan proclives a escupir por Twitter sobre la misma camiseta que visten en ese mismo instante al otro lado del teclado.


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La burbuja de Orlando es un regalo. Una quimera fruto de un amplio abanico de voluntades. Un recuerdo de que la NBA es mucho más y a la vez mucho menos que un deporte de miles de millones de dólares y varias decenas de profesiones implicadas. Un campo de concentración en pleno Disney World, tan improvisado en placeres como en hologramas, donde esperamos y prácticamente exigimos que los jugadores allí recluidos den, como siempre, lo mejor de sí.

La cara externa no es sino el reflejo interno del showtime al que responde cada uno en su mar de rarezas. Una calle de doble sentido en donde es la sutil guerra fría la que permite que el espectador gane porque éste previamente ha sabido pestañear ante ‘las necesidades’ del jugador insumiso, por no decir, simplemente, diferente.

Hace un mes, aún con el jet lag del confinamiento, decidí hacer palomitas para ver en Movistar+ el documental de 98 minutos ‘Nadal-Federer y el partido del siglo’, dirigido por Andrew Douglas. Lo gocé como un cerdo en un lodazal.

Esa misma noche, aún hambriento, recalenté las palomitas que me habían sobrado y me puse en Youtube los resúmenes Dustin Brown versus Nick Kyrgios (Wimbledon 2016) y Gaen Monfils (Roland Garros 2017). Os puedo asegurar que las palomitas sabían igual de buenas.

Era tenis. También tenis. Tenis en estado puro.

(Fotografía de portada de Jim Rogash/Getty Images)


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